Dulces estampas navideñas

Ya está aquí la entrañable Navidad, ese dichoso paréntesis en el tráfago político y social en el que fraternidad, esperanza y bonhomía sacan pecho, unos días llenos de buenos deseos en los que nos empapamos de una lluvia torrencial de buena voluntad mientras se pone duro el pan nuestro de cada día de las mezquindades y las puñaladas traperas entre compañeros, amigos o familiares. Sólo en estas fechas es posible asistir a esos milagrosos brindis en los que chocan las copas de gentes que durante el resto del año mantienen muy mucho las distancias. Por ejemplo: cierre los ojos e imagínese al diputado de ERC Joan Tardá -el de los macabros ladridos a los Borbones- elevando al cielo su cava (cómo no) con el del presidente del Congreso, José Bono, mientras Sáenz de Santamaría y De la Vega aparcan sus cariñosas hostilidades de las sesiones de control al Gobierno y se lanzan a cantar villancicos pandereta en ristre.

Es lo más grandioso de la Navidad, esa arrolladora terapia de grupo en la que todos -tanto los creyentes como los demás- estamos invitados (o condenados) a mantener (o recobrar) la fe en la naturaleza humana, haciendo un sayo con la capa de la acechanza de las perversiones y carencias morales y mentales, imaginando un mundo en el que la tolerancia y el respeto al diferente (por dentro o por fuera, por sus ideas o por el color de su piel) acaben imponiéndose de una vez por todas a la calamidad de no ver más allá de tus narices. Como esos cuatro individuos que se dejaron ver hace unos días en las páginas del diario Gara presentándose como futuros miembros de ETA para "acabar con la ofensiva represiva y la situación antidemocrática" que padece, dicen, el pueblo vasco. Tal como está la cosa, lo tienen fácil para ascender en la empresa, que los jefes de la organización terrorista están cayendo como moscas y no parece muy necesario tener padrinos para subir peldaños.

Lo peor de la Navidad, lo que le genera muchos enemigos, es que el recuerdo de los ausentes se agiganta insoportablemente. Es toda una tragedia toparse en Nochebuena con una silla vacía que hace un año estaba ocupada por un ser querido, más cuando ese vacío es ajeno a providencias más o menos divinas y simplemente obedece al dictado de un pistolero desalmado. Por ese trance van a tener que pasar hoy la viuda y los hijos de Ignacio Uría, que le han cantado las cuarenta a los "hipócritas" que han reventado a una familia que da trabajo a cientos de vascos y que llevan a algunos a plantearse quién tiene un problema de ser cierto que el perro es el mejor amigo del hombre.

El caso es que llega la Navidad y hay que uniformarse con una sonrisa en el rostro y una felicitación en la boca a todo lo que se mueve si no queremos que nos señalen como aguafiestas. Y eso que el horno de la dicha no está para bollos con la crisis. El dinero no hace necesariamente la felicidad, claro que no, pero es mucho menos probable que la felicidad haga el dinero. Para hacerse rico se puede optar entre fundar un banco o atracarlo -lo dijo Bertold Bretch-, pero la mayoría no aspira a ser millonario, le basta con no ser pobre. Por eso defiende con uñas y dientes los intereses de su bolsillo.

Así, Esperanza Aguirre se declaró el lunes "encantada" tras debatir con Zapatero la financiación de los madrileños, ajena ella a las reticencias de su partido sobre la sinceridad del presidente del Gobierno. Pronto se sabrá si éste se limitó a regalarle los oídos como mandan los cánones de las fiestas, que después de las empalagosas estampas navideñas siempre se acaba uno estampando contra la realidad.

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