Vía Crucis

Una tregua a los tambores roncos

La cofradía de la Trinidad es la única que celebra su cortejo en este día

Rafael C. Mendoza | Actualizado 30.03.2010 - 01:00
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El Cristo de la Salud, ayer instantes después de su salida desde la parroquia de San Juan y Todos los Santos (Trinidad).

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Un nazareno muestra el relicario de San Juan de Mata.

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Un penitente lleva una cruz a cuestas.

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El Vía Crucis, por esas características que hacen que su cortejo sea diferente al resto, es la única hermandad que puede aprovechar una tregua tan fugaz como la que ayer concedió el cielo en Córdoba. Llovió durante casi todo el día en la ciudad y, como era de prever, ninguna cofradía iba a aventurarse a celebrar su procesión por la falta de lugares en los que poder refugiarse en el caso de que se hubiesen visto sorprendidos por la lluvia. Sin embargo, el Vía Crucis no sufre ese problema al no contar con pasos, ya que lleva a su crucificado sobre los hombros de tres penitentes y sus dimensiones hacen que pueda refugiarse casi en cualquier iglesia o espacio digno que encuentre en su recorrido.

La plaza de la Trinidad estuvo ayer más concurrida que ningún otro año o, al menos, que en aquellas Semanas Santas en la que anduvo solitaria por las calles de la ciudad. A este enclave del Casco Histórico llegaron fieles de todos aquellos lugares en los que se habían suspendido procesiones, a los que se unieron turistas y esos ciudadanos que sentían verdadera curiosidad por ver la única hermandad que tenía opciones de celebrar su cortejo procesional.

Pero, pese a contar con muchos elementos a favor, los hermanos del Vía Crucis también se vieron obligados como el resto a aplazar la salida hasta tener prácticamente asegurado que no les iba a llover por el camino. Finalmente, y tras cerca de 40 minutos de espera, la singular cruz de guía de la cofradía -réplica del Cristo de marfil del tesoro que hay en la Catedral- pasó bajo el dintel del templo de la Trinidad.

La Trinidad, una plaza en la que hasta hacía sólo minutos dominaba el murmullo y hasta el griterío, se tornó en silenciosa en el mismo momento que se escuchó el sonido de los tambores roncos que tocaban dos nazarenos enlutados de la cofradía. Ellos fueron quienes confirmaron la salida del Vía Crucis y tras ellos comenzó el tañido de las campanas de la iglesia para anunciar la muerte de Cristo, ayer llevado a hombros desde la Trinidad hasta la plaza de las Tendillas.

La falta de una previsión meteorológico que descartara las precipitaciones les llevó a acelerar el paso con objeto de no verse sorprendidos por la lluvia. Fueron más rápidos que en años anteriores y hasta recuperaron parte del tiempo que habían perdido como consecuencia de las prórrogas pedidas a la Agrupación de Hermandades.

La salida del Vía Crucis permitió tanto disfrutar de una procesión en la calle como contemplar uno de los estrenos más sonados de esta Semana Santa: las reliquias de San Juan de Mata, fundador de la orden trinitaria.
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