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De santos, niños y pájaros

Rey Lear publica por primera vez en España el último y bellísimo volumen autobiográfico de Blaise Cendrars.

Pablo Bujalance | Actualizado 14.03.2012 - 07:29
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El escritor suizo Blaise Cendrars (1887-1961).

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La parcelación del cielo. Blaise Cendrars. Traducción de Juan Victorio. Prólogo de María Casas. Rey Lear, 2012. 312 páginas. 22,95 euros.

En su delicioso libro Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores, que publicó el año pasado en España Impedimenta con traducción del muy recordado Félix Romeo, Daria Galateria se refería así a Blaise Cendrars (La Chaux-de-Fonds, Neuchâtel, Suiza, 1887 - París, 1961): "Siempre muriéndose de hambre, fue representante de bisutería en Rusia, fogonero en Pekín, apicultor en Francia, cazador de ballenas en Noruega, saltimbanqui en Londres, figurante de Carmen en Bruselas y pianista de cine y descargador en los muelles de Nueva York. Después llegó la guerra, y, ya manco, encontró nuevos trabajos, más prestigiosos. Era suizo, y en la escuela fue uno de los más revoltosos de la clase; una vez rompió una ventana, huyó de casa y acabó en San Petersburgo". Cualquier asomo autobiográfico de Cendrars, por tanto, parece prometer al lector un auténtico festín literario, un testimonio incansable, una vida tomada por el pescuezo, aunque sea sólo con una mano; y todo ello se da, ciertamente, en el largo recorrido de su escritura, ya sea en prosa o en verso, ya sea abiertamente autobiográfica o disfrazada de presuntas ficciones ajenas (su tal vez más famoso poema Panamá o las aventuras de mis siete tíos es especialmente representativo del empeño de Cendrars en no poner límites entre su propia experiencia y la del resto de los mortales). Pero no al uso, sino de la manera más libre, en una fusión extraordinaria de literatura y vida. Su obra, una de las más apasionantes del siglo pasado, es tristemente poco conocida y ha sido mal divulgada en España, donde a la exégesis literaria le cuesta Dios y ayuda atender a cualquier protesta que se resista a conformarse con una etiqueta. Cendrars ganó la admiración de Henry Miller, pero se relacionó mucho más y mejor con pintores que con escritores, especialmente en París, donde frecuentó a Chagall, Modigliani, Cocteau y Picasso (en Londres compartió piso con Charles Chaplin, un entrañable episodio que también recoge Daria Galateria). Cultivó el surrealismo, pero a su manera. Su revolución se aproximaba más a la belleza. Fue naif cuando tuvo que serlo, aunque terminó pagando un precio alto. Durante toda su vida no recibió más que un reconocimiento oficial, el Premio Literario de la Ciudad de París. Ahora, la editorial Rey Lear publica por primera vez en España y con gran acierto el volumen con el que cerró su tetralogía precisamente autobiográfica, La parcelación del cielo, un libro bellísimo que figura con todos los honores entre lo mejor de su producción.

Cuando cualquier autor decide emprender una autobiografía, por lo general tiende a contar su vida. Pero Cendrars hace otra cosa: escribe su vida. No hay aquí por tanto una narración secuencial al uso, sino la aventura de un hombre que se hace preguntas, busca respuestas y sobre todo es capaz de expresar el amor de un modo tan profundo como sereno. La parcelación del cielo parte de un suceso trágico: la muerte del hijo del autor, Rémy, piloto de las fuerzas aliadas, cuyo avión estalló en pleno combate durante la Segunda Guerra Mundial. Cendrars, que no era creyente, busca en el imaginario católico un santo al que encomendar el alma de su hijo como protector. Y lo encuentra en el italiano San José de Cupertino (1603-1663), patrono de los viajeros y los estudiantes, que se acogen a su inspiración cuando van a realizar un examen. El santo era lego en inteligencia en extremo, distraído y torpe, tanto que fue expulsado de la orden de los capuchinos (quienes le pusieron el sobrenombre de Boca abierta) por incapaz, aunque encontró refugio en los franciscanos. Pero sus raptos místicos eran tan acusados que levitaba a menudo, y del modo más inesperado, e incluso llegó a volar marcha atrás. Sus superiores le expulsaron del coro para evitar sus espectáculos antigravitatorios. Casi siempre que presidía la eucaristía terminaba por los aires. Cendrars se sumerge en la vida y milagros de este hombre con profunda devoción, similar a la que emplearon otros surrealistas para aproximarse a los santos pero evocadora de una amistad fraternal. San José de Cupertino encaja como un guante en la estética imaginativa de Cendrars, quien asegura que sólo los niños (llegó a organizar en París una exposición histórica sobre los juguetes y los materiales educativos de la URSS), los santos y los pájaros hacen que el mundo merezca la pena. Tras la levitación da rienda suelta a su pasión por la ornitología y la astronomía. En la búsqueda de una nueva constelación se encuentra a sí mismo. Y es así como Cendrars cuenta su vida: creándola.


Pero también es La parcelación del cielo una denuncia de la extrema complacencia de Europa que permitió el apogeo del nazismo. Con su hijo muerto, Cendrars, de origen judío, se vio obligado a sobrevivir oculto mientras buena parte de la intelectualidad parisina se seguía pavoneando con los nazis metidos en sus tertulias. Resulta difícil encontrar testimonios más desmitificadores de la resistencia francesa que este libro, lo que también explica, claro, que durante toda su vida y mucho después de su muerte Cendrars fuese un escritor mal publicado también en Francia. Entre la levitación y la pérdida, entre las enseñanzas de un santo bobo y el viaje en un camarote lleno de pájaros desde Brasil hasta Londres, La parcelación del cielo es sin embargo mucho más: la demostración de que sólo el afecto humano, su pureza y su desinterés, pueden dotar de contenido a la esperanza. Esta obra divertida, de un arrebatador tono poético y de una emoción para la que difícilmente pueden resistirse las lágrimas, se lee como se traba una amistad, como un apretón de manos que se compromete con el futuro. Todo un consuelo en este tiempo de lobos.
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