La película que nadie puede rechazar

Se cumplen 40 años del estreno para el público de 'El padrino', la monumental e icónica película de Francis Ford Coppola que inauguró una de las sagas más legendarias de la historia del séptimo arte.

Javier Miranda | Actualizado 25.03.2012 - 19:25
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El padrino cumple 40 años con la aureola de ser un clásico en vida. Pocas veces en la historia del cine se tuvo la sensación desde el minuto uno de estar ante una obra maestra irrepetible. Este milagro llegó en un momento justo. Cuando se estrenó al público tras varias premieres el 24 de marzo de 1972, la industria de Hollywood se hallaba en un momento de desconcierto tal que incluso algunos hablaban de que el cine estaba en peligro de muerte. A lo largo de la década de los 60, los magnates tipo Jack Warner habían desaparecido y los estudios estaban en manos de grandes corporaciones, que los tenían como uno más de sus negocios. Tampoco estaban ya los maestros de la época dorada, y los nuevos dirigentes no daban con la tecla de la sensibilidad contemporánea, más cínica y descreída. El éxito en los primeros años de la década prodigiosa de grandes musicales y películas familiares (West Side Story, My Fair Lady, Sonrisas y lágrimas) hizo que los estudios se empeñasen en esa línea, produciendo una serie de fracasos que los puso al borde de la quiebra. De hecho, cuando la compañía petrolera Gulf + Western compró la Paramount, se planteó seriamente cerrar el legendario estudio de la montaña. El padrino fue la respuesta a las oraciones de los ejecutivos y el filme que desbloqueó la situación. A partir de ahí, Hollywood se rindió al poder de los jóvenes barbudos: Coppola, Lucas o Spielberg, que tenían tanto cine como ambición en sus corazones, abriendo la puerta a una irresistible reformulación del negocio de las películas en los 70 que sigue vigente hoy en día.

Pero lo paradójico es que nadie al principio quería implicarse en este proyecto. El albadonazo que supuso El padrino fue una mezcla de intuiciones geniales y decisiones arriesgadas. Para empezar, la Paramount se tomó en principio el filme como una producción media de unos dos millones y medio de dólares. La novela de Mario Puzo en que se basaba fue en 1969 un best-seller, pero en 1968 se había estrenado Mafia, de Martin Ritt, que fue un fracaso comercial. Los ejecutivos del estudio de la montaña coligieron que el tema mafioso no era rentable y decidieron bajar el listón. Los directores de moda de la época (Arthur Penn, Peter Yates, incluso Sergio Leone, que rehusó porque tenía su propio proyecto gangsteril, Érase una vez en América) fueron tentados, pero todos rechazaron ante un proyecto que se preveía como un producto comercial.

Entonces Robert Evans, el joven jefe de producción de la Paramount, alguien de la generación que sin saberlo se aprestaba a tomar el mando en Hollywood, tuvo la primera intuición genial: ofrecerle la dirección a Francis Ford Coppola. Éste era un treintañero con una carrera ya de cinco películas más prestigiosas que taquilleros. El último, Llueve sobre mi corazón, había ganado el Festival de San Sebastián, pero no dio un duro. Evans pensó que la condición italomericana de Coppola sería ideal para recrear con verosimilitud a los personajes. Claro que había una cuestión más crematística, y es que dada la modestia inicial del proyecto, Coppola le saldría barato. Aunque al principio no quería hacerla. Sus pretensiones eran convertirse en un cineasta artístico a la europea y El padrino era un proyecto para hacer caja. Pero sus socios en su productora Zoetrope, que entonces pasaba dificultades financieras (entre ellos un pregaláctico George Lucas) le convencieron de que lo aceptara con fines alimenticios.

Pero si pensaban que el joven cineasta era maleable, se equivocaron todos. Pronto Coppola peleó para imponer su reparto. Para el papel de Michael se habían valorado estrellas de la talla de Warren Beatty o Robert Redford (extrañamente, Puzo decía en la novela que el personaje era rubio), pero el director quería a un desconocido bajito, con una trayectoria teatral en ascenso pero virgen en el cine. El estudio se horrorizó cuando vio a Al Pacino: lo consideraron lo contrario a una estrella. Peor fue la asignación del papel de Don Vito Corleone. Coppola, apoyado en esto por Mario Puzo, quería a Marlon Brando. En la época, sus excentricidades y una mala elección de papeles lo habían condenado como veneno para la taquilla. Tras mucho rogar, el estudio accedió a hacerle una prueba. Brando deslumbró a todos poniéndose algodón en las mejillas y luciendo su inolvidable voz susurrada. Eso sí, subió a bordo de El padrino con unas condiciones más bien leoninas. Coppola además se las ingenió para meter en el proyecto a compinches como su propia hermana Talia Shire como Connie, Robert Duvall como Tom, y James Caan como Sonny, formando junto con un buen puñado de actores italomericanos un inolvidable reparto. Y por último, se empeñó en que la banda sonora la hiciese Nino Rota, el compositor de cámara de Federico Fellini y que también había trabajado con uno de los referentes de Coppola, Visconti. Fue otro gran acierto, con una música tan icónica como el resto del filme y que sin duda acercó al cineasta italoamericano a ese estatus europeo que soñaba en aquella época.

En principio el estudio asignó unos 55 días de rodaje. Al final fueron 77, y el presupuesto se disparó a seis millones y medio de dólares. ¿Qué había pasado? Pues que la intuición de Evans había sido demasiado cierta. Coppola se enganchó y empezó a recrear sus propias vivencias, ritos y costumbres en la familia Corleone, dando a los mafiosos una textura que los sacó para siempre del estereotipo. Eso hace que muchos, incluso hoy en día, caso de Roberto Saviano, aprecien en El padrino una visión apologética. Además, Coppola exigió cosas como rodar las escenas sicilianas en lugares naturales y no en un huerto californiano. Sus polémicas con el director de fotografía Gordon Willis, responsable del estilo tenebrista de la cinta, estuvieron a punto de costarle el despido y retrasó el rodaje. Curiosamente, Coppola tenía que entregar por contrato una versión que no superase las dos horas y diez minutos, cuando el montaje final era de casi tres horas. Arregló el metraje para cumplir su compromiso, pero cuando los ejecutivos lo vieron se dieron cuenta que era incomprensible, así que aceptaron la versión completa.

En vísperas del estreno, la Paramount tenía un filme caro, de tres horas, con una temática de la que no se fiaba, y con un reparto encabezado por un novato y una estrella dada por muerta. Para sorpresa de todos, la película acabó recaudando unos 150 millones de dólares en taquilla, y ganó el Oscar en dura pugna con Cabaret. El público enganchó con este drama operístico, cuya explícita violencia sintonizó con el espíritu de una época. En una América que venía de los grandes asesinatos de los 60, y que se preparaba para la puntilla del Watergate, la idea de que había poderes subterráneos condicionando las instituciones democráticas (tema que se extendería en las otras dos entregas) conectó bien con el público, además de una narrativa que viniendo de la tradición de Hollywood ofrecía soluciones nuevas. En cuatro décadas, el encanto y la fuerza de El padrino se han mantenido incólumes. Definitivamente, una película que nadie puede rechazar.

Mario Puzo y la creación de un subgénero

Hubo un tiempo en el que Vito Corleone no tenía un rostro tan definitivo, hubo un tiempo en el que Michael era rubio, hubo un tiempo donde las naranjas pasaban desapercibidas... Antes de que El padrino significara Marlon Brando, Coppola o Al Pacino. Antes incluso de que su propio nombre nos picara a tatarear la tenebrosa y magistral melodía de Nino Rota, antes, detrás de El padrino se escondía un solo nombre: Mario Puzo y su mayor éxito, el de la creación de un subgénero dentro del cajón del crimen.

Hijo de inmigrantes napolitanos, Puzo vino al mundo el 15 de octubre de 1920 en un barrio ubicado en la parte oeste de Manhattan. Irónicamente y huyendo de los tópicos, la biografía de Puzo nos demuestra que nunca tuvo contacto con el mundo del crimen aunque, eso sí, era un jugador empedernido, un problema que le llevó a acumular deudas por más de 20.000 dólares poco antes de que en ese feliz año 1969 publicara la que sería su obra más reconocida, El padrino. Sin embargo, el escritor siempre defendería que su mejor libro lo escribió cuatro años antes, The Fortunate Pilgrim, que, efectivamente, tuvo una buena acogida por la crítica, ya que no por el público.

El padrino no sólo se convirtió en una de las obras más vendidas de su tiempo, permaneciendo 67 semanas como best-seller en Estados Unidos y llegando a vender en todo este tiempo más de 21 millones de copias. El padrino vino a introducir al lector en el mundo de la mafia desde dentro y, aún mejor, mostró las carencias de la sociedad estadounidense en un tiempo y ambiente muy precisos. Nueve partes divididas en 23 capítulos bastan a Puzo, que se convierte en el narrador ausente y que todo lo ve, para enseñarnos la vida de una familia que gira sobre un eje central donde, además, recae el peso del libro, el personaje de Vito Corleone en que recae el mayor peso del libro.

El Don más venerado de Nueva York llegó al país de las oportunidades desde su Sicilia natal a los 12 años. El implacable Corleone nos atrae, nos repugna, nos gana y enamora desde las primeras páginas, al igual que su saga de herederos y compinches. El personaje no está basado en un mafioso concreto, más bien resulta de la mezcla de rasgos físicos y personales de jefes de la Cosa Nostra como Frank Costello, Carlo Gambino, Joe Profanti o Lucky Luciano. Gracias al magnetismo de Don Vito y a la pluma ágil e incisiva de Puzo, la aparición de El padrino supuso una revolución que encontró su consagración en el cine donde el escritor participó como coguionista de la saga. / T. G.

Viaje a Sicilia: no es Corleone, sino Savoca

Los devotos de El padrino, que son muchos, si además son viajeros tienen un templo en Sicilia, o al menos dos. Uno es el más evidente: el pueblo de Corleone. Pero, como corresponde a esta obra, es una pista falsa, puesto que todo el mundo sabe que allí no se rodó ni una escena. La mafia no lo permitió y hubo que hacerlo en Savoca, bastante lejos de ese lugar. Allí transcurre el episodio de la estancia siciliana de Michael, aunque simulando ser Corleone.

En Savoca, a un corto viaje en coche desde Taormina, está uno de esos templos: el Bar Vitelli, en cuyo velador Al Pacino, acompañado de sus dos guardaespaldas, pide la mano de Apolonia a su padre. Hoy, muchos acuden a hacerse la foto en esa mítica terraza, que se conserva tal cual aparece en la película. El otro lugar es el Teatro Massimo de Palermo y su escalinata, donde es asesinada la hija de Michael en la trágica escena final de la tercera parte de la saga. Viajar hasta este mundo de El padrino sólo cuesta un vuelo barato de dos horas y media desde Sevilla a Palermo.
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