El cine más personal de un enfant terrible con ganas de revolución

  • Albert Serra, director de El cant dels ocells, aúna en sus obras la expresión vanguardista con tecnología digital e imaginación

De una conversación sobre cine con Albert Serra se sale con la sensación de que todo está por descubrir en este campo, y parte de la opinión surge de la aplastante seguridad con que este director catalán, de 33 años, defiende su concepción del séptimo arte, nunca mejor dicho.

Su filmografía se encuadra en lo que él mismo califica como "cine artístico", al que un amplio lapso de dos décadas -los ochenta y noventa- había dejado en un segundo plano y que vuelve con fuerza de manos de autores como él. "Había un estancamiento. El lenguaje se había vuelto más convencional, pero ahora hay más libertad", comenta.

Serra menciona las nuevas tecnologías, el aperturismo de los festivales a propuestas cinematográficas más originales y una parte del público menos subyugada por ideas preconcebidas cuando van a ver una película como factores que han contribuido al resurgir de otro modelo estético que está irrumpiendo paulatinamente en la pantalla.

No obstante, sus películas son también el reflejo de su personalidad rupturista y devota del 'carpe diem', que le lleva a tomar mitos del ideario popular, como el Quijote o los Reyes Magos y cambiar el punto de vista sobre ellos, "analizando el pasado pero como algo presente", hasta tal punto que muchas de las personas que vieron Honor de cavalleria "decían que esos eran los verdaderos Quijote y Sancho", y el Cant dels ocells ha sido calificada como 'surrealismo hiperrealista'. Su bagaje cultural -estudió Teoría de la Literatura- tiene mucho que ver en ello: "La gente que viene del cine es culturalmente muy ignorante, sin imaginación. Todo es a nivel visual".

Serra ha puesto esa cultura al servicio de su inteligencia e intuición para acercarse a temas archiconocidos, porque "así me ahorro un poco ese tiempo en la película de explicar el porqué de las cosas y me puedo concentrar en lo poético, en lo lírico, en otras cosas que normalmente no tienen tanto espacio en las películas". Con ese punto de partida ha construido un universo propio en el que se alternan las escenas sagradas y profanas, los momentos trascendentales y los cómicos, rodados con actores no profesionales, sin repetir tomas "nunca", porque "la vida es imprevisibilidad" -y Serra se maneja con soltura en esas circunstancias-. Su cine enraíza en esa inestabilidad de la vida y se define en las emociones y la transformación constante del lenguaje cinematográfico, ya que "siempre hay que tener una originalidad". Sus próximos proyectos se aventuran en la reinterpretación de nuevos mitos con perspectivas tan inusitadas que modifican la visión aceptada del personaje.

Cómodo en la definición de 'enfant terrible', su revolución no ha hecho más que empezar.

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