• El SARS-CoV-2 se detectó a principios de marzo de 2020 en Córdoba y en apenas ocho meses ha provocado un tsunami sin precedentes que ha causado más de 400 muertes y nos ha transformado

20 Aniversario

El virus que lo ha cambiado todo

Aplausos en el Reina Sofía. Aplausos en el Reina Sofía.

Aplausos en el Reina Sofía.

Salas / Efe

Escrito por

· Ángel Robles

Redactor

El SARS-CoV-2, el virus causante del covid-19, lo ha transformado todo. En las dos décadas de vida de este periódico no se ha producido acontecimiento, hecho o suceso en Córdoba de consecuencias tan trascendentes como la pandemia del nuevo coronavirus. El SARS ha tenido efectos en todos los aspectos de la sociedad cordobesa, lo ha transformado todo. Obligó a cerrar colegios, paralizó la actividad económica, nos encerró en casa, nos descubrió el poder de las nuevas tecnologías, nos hizo teletrabajar y ha cambiado la manera en que ahora nos relacionados. Y, sobre todo, ha dejado una dramática estela de muertes que todavía, como sociedad, no hemos sabido solucionar. El SARS lo ha cambiado todo.

Detectado a finales de 2019 en la ciudad china de Wuham, fue cuestión de tiempo que recorriera los 10.000 kilómetros que lo distanciaban de Córdoba. La luz de alarma parpadeó el 10 de marzo, cuando la Consejería de Salud y Familias de la Junta de Andalucía confirmó el primer caso positivo de coronavirus en la provincia. El paciente cero, según trascendió entonces, fue un joven de 26 años de origen italiano que había estado en contacto con personas portadoras del virus y que, posteriormente, viajó a España en avión. Reflejo de una sociedad global y con fronteras líquidas, se trataba de la pareja de una alumna Erasmus de la Universidad de Córdoba.

A la par que ocurría en el resto de España, y como ya había sucedido en Italia y en otros países del entorno, la gripe de Wuham, como primeramente se le llamó, lo sacudió todo en apenas unos días. Inermes, sin haber experimentado nada parecido en décadas anteriores, los ciudadanos quedamos al arbitrio de unas autoridades sanitarias que tampoco supieron cómo reaccionar y que han lanzado durante estos meses multitud de mensajes contradictorios y confusos. Todavía lo siguen haciendo para desconcierto de una ciudadanía incrédula y desconfiada, que ha visto en este tiempo cómo buena parte de los responsables políticos tampoco estaban a la altura de lo requerido.

La UME se despliega en Córdoba, a mediados de marzo. La UME se despliega en Córdoba, a mediados de marzo.

La UME se despliega en Córdoba, a mediados de marzo. / Juan Ayala

Hay varias fechas que quedarán para siempre marcadas en las crónicas periodísticas de un 2020 funesto, imposible de olvidar. Una de ellas es el 15 de marzo, cuando entró en vigor el estado de alarma que llevó a un confinamiento durísimo que se prolongó meses. Aquel domingo por la mañana, las calles de la ciudad despertaron vacías y aprendimos a mirar desde las ventanas y los balcones, como simples espectadores de unas vidas que, de pronto, no nos pertenecían. El Día invitó a los lectores a enviar las fotografías que captaban desde sus viviendas etiquetadas como #CórdobaDesdeMiVentana y el resultado puede aún consultarse en una galería digital consultable en la web del periódico que sirve de testimonio gráfico de unas horas durísimas y llenas de incertidumbre.

Durante meses, desde la ventana fuimos contemplando escenas inverosímiles: tractores que desinfectaban las calles, militares que intervenían en residencias de mayores, niños que celebraban el cumpleaños por la terraza, aplausos solidarios cada día a las 20:00 en homenaje a unos sanitarios –médicos, enfermeros, auxiliares, administrativos, celadores, conductores– que nunca tendrán reconocimiento suficiente.

Antonio Murillo, el primer fallecido

En el calendario está marcado con tinta negra el 20 de marzo. Porque apenas bastaron diez días de la detección del SARS en la provincia para que causara su primera víctima mortal: Antonio Murillo, de 87 años, un superviviente de la mina. La historia la anticipaba a este periódico a través del teléfono desde Belmez Francisco Murillo, hijo del fallecido, cuando la vida de su padre aún pendía de un hilo en el hospital Valle del Guadiato de Peñarroya-Pueblonuevo. Era el jueves 19 de marzo, día de San José, día del padre. “Los médicos nos dicen que se encuentra muy mal, muy fastidiado, que no responde al tratamiento. Nos queda un hilo muy fino de esperanza”, confesaba entonces. La hebra de la vida se cortó aquella madrugada, con Antonio aislado en una habitación del hospital. Y su esposa, Carolina, de 80 años, ingresada grave en el hospital comarcal Valle de Los Pedroches, en Pozoblanco.

Antonio Murillo, un minero jubilado que había pasado 30 años de su vida laboral bajo tierra, se había repuesto del batacazo que en su momento supuso el cierre del sector del carbón en el Alto Guadiato, pero no logró sobrevivir a la pandemia global silenciosa del covid-19. “Mi padre se encontraba estupendamente, con casi 90 años muy bien llevados, con los achaques habituales de la edad pero sin grandes quejas”, contaba en aquella conversación que es necesario repetir porque las víctimas tienen nombres y apellidos, historias, vivencias, recuerdos.

Una ventana con un mensaje de ánimo. Una ventana con un mensaje de ánimo.

Una ventana con un mensaje de ánimo. / Juan Ayala

En el fondo, la gran incógnita, cómo dos octogenarios que apenas salían de casa pudieron contraer la enfermedad: “Aquí no hay turismo, apenas viene gente de fuera, y nos movemos en un círculo muy pequeño”. Las últimas veces que Antonio había salido de su domicilio habían sido el 28 de febrero, Día de Andalucía, para dar un pequeño paseo por la localidad, y el domingo siguiente, para almorzar. Nada más.Con la perspectiva del tiempo, la cronología ofrecida entonces por la propia familia nos dice que el SARS circulaba libremente por la provincia mucho antes de que al joven italiano se le considerara el paciente cero. O, en todo caso, lleva a concluir que hubo otros pacientes cero que nadie detectó y nunca fueron considerados como tal.

Tras varias llamadas telefónicas a urgencias y visitas al hospital, el domingo 15, cuando ya se sabía que en Belmez un vecino había contraído la gripe de Wuham, la familia de Antonio, alarmada, llamó al 061. Los facultativos les hicieron a ambos análisis de sangre y una gasometría. Preocupados por los resultados, los trasladaron en ambulancia al hospital de Peñarroya-Pueblonuevo, donde los aislaron de inmediato. “Tu madre está grave”, le dijeron a Francisco. Debido a la patología previa que sufría la mujer, optaron por trasladarla en una UVI móvil al hospital de Pozoblanco, donde ingresó en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI).

Era la primera vez en más de seis décadas que Antonio y Carolina se separaban. El hombre falleció en el amanecer del viernes 20 de marzo, solo, en una habitación del hospital de Peñarroya. “Esto es mucho peor de lo que se dijo en un principio, no hay unanimidad entre los médicos, da la sensación de que no se sabe cómo reaccionar”, lamentó su hijo. Aquellas sensaciones primerizas se han perpetuado.

Víctimas sin nombre

Las muertes cayeron en cascada, lo que ha impedido poder contar las historias de las víctimas, despojadas de nombres y apellidos, simples números que la Consejería de Salud y Familias actualiza cada mediodía. A cierre de este suplemento, son más de 400 las vidas segadas por el SARS-CoV-2 en Córdoba, de las que apenas un puñado tienen nombre y apellido. Entre estas últimas, el médico de familia Manuel Barragán y el especialista en Otorrinolaringología Joaquín Tortosa. Los datos estadísticos del coronavirus son estremecedores: más de 22.000 contagios en la provincia y más de 2.000 hospitalizados, de los que 200 han pasado por las unidades de cuidados intensivos debido a su gravedad. De los 77 municipios cordobeses, ha habido contagios en 76, de manera que solo El Guijo, de apenas 355 habitantes, ha respirado con algo de alivio durante estos meses larguísimos.

Una mención especial merecen las residencias de mayores, auténticos puntos negros. Más de 180 personas han fallecido en estas instituciones en la provincia a causa del covid-19, mientras que el total de infectados se acerca al millar. La mayoría, con nombres, apellidos y recuerdos, se han ido sin necrológicas y muchos de los fallecimientos, los que ocurrieron durante la primera ola, ni siquiera tuvieron una despedida digna. Las residencias de Rute, Montilla, Villanueva del Rey, Belalcázar o más recientemente Puente Genil se han llenado de historias desgarradoras, una detrás de cada uno de estos adioses; son demasiadas las personas que se han ido sin dejarse nada sin ver.

Los tractores solidarios han sido una imagen habitual en la provincia. Los tractores solidarios han sido una imagen habitual en la provincia.

Los tractores solidarios han sido una imagen habitual en la provincia. / Juan Ayala

La ‘nueva normalidad’

El 22 de junio pudimos volver a circular por toda España, lo que supuso el final de una desescalada atropellada que se planificó pensando más en la economía que en la salud. El fin de la primera ola nos echó de nuevo a la calle, llenamos las terrazas, nos fuimos de vacaciones, salimos a hacer deporte y los aplausos solidarios a los sanitarios quedaron silenciados, como si en un tiempo récord hubiéramos querido olvidar tanto sufrimiento y tantos sacrificios. Lo que ha venido después, la llamada nueva normalidad, ha retratado el lado más insolidario y egoísta de la sociedad.

Y la segunda ola ha sido inevitable. Mecida al amparo de fiestas patronales, botellones, encuentros familiares varios, cumpleaños, bodas, bautizos y comuniones, lo que empezó siendo una pequeña subida de la marea se ha transformado, para estupefacción de todos, en un tsunami más potente que el vivido en la pasada primavera cuyas consecuencias aún se padecen. Cuántas olas más vendrán se desconoce. Y qué pasará en los próximos meses es una incógnita, pues todo queda al arbitrio de una vacunación que ya empieza a vislumbrarse entre la niebla. La única certeza es que el SARS ya nos ha cambiado.

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