Alter do Chao

Un Caribe brasileño en plena selva amazónica

  • Bañada por el imponente Lago verde, de 160 kilómetros cuadrados, en la región se pueden encontrar varias reservas indígenas y quilombolas, caminos ecoturísticos y caminatas

Un Caribe brasileño en plena selva amazónica Un Caribe brasileño en plena selva amazónica

Un Caribe brasileño en plena selva amazónica

Un paraíso de aguas dulces y extensas playas se esconde en medio de la selva amazónica brasileña. Se trata de Alter do Chao, un oasis caribeño que resiste a la galopante depredación que sufre la mayor reserva ambiental del planeta.

Esta pequeña aldea de pescadores, ubicada al norte del país, en el amazónico estado de Pará, compite en exotismo y belleza con los más renombrados balnearios oceánicos del mundo.

Estas playas, bañadas por las cristalinas y tibias aguas del río Tapajós, alcanzan su mayor esplendor en el segundo semestre del año cuando la sequía permite que islas de arena blanca emerjan imponentes bajo el sol rodeadas de aguas que cambian sus tonalidades de azul de acuerdo con la luminosidad del día.

Conocido como el Caribe brasileño o Caribe Amazónico, en este pueblo de pescadores sobresale la playa Alter do Chao, la más bonita de la villa y ubicada justo al frente de la plaza principal, en la denominada Ilha do amor (Isla del amor).

Turistas y familias de aldeanos suelen visitarla en pequeñas canoas y hasta llegar caminando entre agosto y diciembre, cuando el nivel de las aguas puede bajar hasta 10 metros.

Escuchar a los lugareños

La temporada de lluvias comienza a finales de enero y se extiende hasta junio, una época donde el paisaje cambia; el nivel de los ríos crece; las islas de arena desaparecen; y escasean los cielos azules.

Por eso, el segundo semestre del año es el más recomendado para visitar esta pequeña aldea.

"Es la época de las vacas gordas", dice a Efe Noelson Miranda, un barquero que por 5 reales (unos 1,25 dólares) transporta a la gente de la orilla del pueblo a la Isla de amor o quien por el doble ofrece una pequeña vuelta por los alrededores.

Bañada por el imponente Lago verde, de 160 kilómetros cuadrados, en la región también se pueden encontrar varias reservas indígenas y quilombolas, caminos ecoturísticos y caminatas como la del cerro de Piroca, que conduce a un mirador a 100 metros de altura.

"Mi sugerencia es que el que venga aquí hable con las personas, que saque ese tiempo, que tenga esa paciencia y se despida de la velocidad de la ciudad", señala a Efe Daniel Gutierrez Govino, un joven periodista que trabaja como reportero independiente y quien también tiene una empresa de turismo.

Para ello, asegura, lo ideal es compartir con ellas en sus comunidades y para ello sugiere visitar la Floresta Nacional de Tapajós (FLONA), una reserva ambiental de más de 500.000 hectáreas.

Otra forma de conocer la naturaleza es visitar la "Escuela de la selva" una iniciativa pensada para enseñar la importancia del medio ambiente a los menores de edad y donde alumnos de colegios de la región, de Brasil, y hasta de otros países como Francia, han aprendido de forma lúdica a cuidar y preservar la biodiversidad.

Comunidades amenazadas

No obstante, por ser una región mayoritariamente fluvial, muchas de las actividades recomendadas son en zonas aledañas a las que se llega en lanchas o pequeñas embarcaciones.

El encuentro de los ríos Amazonas y Tapajós, en Santarem, es una de ellas, así como visitar Oriximiná, una de las ciudades que alberga en sus alrededores la mayor población quilombola de Brasil, con 35 comunidades.

Para llegar a Oriximiná se recomienda el viaje en barco de noche, durmiendo en hamaca, con el ronroneo del motor en el agua como un mantra y con la brisa refrescando el trasegar.

De ahí en adelante las opciones son infinitas, siempre en barcas, recorriendo los recovecos que deja el río Trombetas entre la selva, como un laberinto fluvial que procura su destino.

En el trayecto se podrán encontrar pequeños puertos donde muchos pescadores viven con sus familias en rústicas embarcaciones, o casas ribereñas aisladas.

Ellos integran unas comunidades olvidadas por el Estado brasileño y que sobreviven con lo la tierra les da y bajo la constante amenaza de la minería ilegal, el agronegocio y el comercio ilícito de madera.

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