El descendimiento

El impulso del fervor para cruzar las dos orillas

  • La hermandad del Descendimiento sale en procesión después de tres años frustrados por la lluvia.

CUANDO alguien llega al Campo de la Verdad el Viernes Santo por la tarde consigue sentir la esencia de ese barrio, separado del resto de la ciudad por las dos orillas del río. Entre los cientos de personas que aguardan a las puertas de la parroquia de San José y Espíritu Santo se encuentran miradas serenas, tranquilas, incluso, otras perdidas, pero en todas ellas se refleja ese brillo especial que aparece al saber que al fin este año, y después de una larga espera, van a vivir un momento lleno de sentimiento y esencia. Porque el fervor y la devoción consiguen que durante varios minutos todo lo malo quede en el olvido para dejarse llevar por el recogimiento y la fe por el Cristo del Descendimiento.

Los prolegómenos a la salida se viven con mucha intensidad. En las cafeterías muchos vecinos vestidos de Viernes Santo aprovechan para hacer más amena la espera con un café o la primera copa de la tarde en la mano. Otros comienzan a colocarse a las puertas del templo para conseguir el lugar más cotizado, mientras que muchos otros prefieren colocarse a un poco más alejados donde, cobijados bajo sombra, tienen unas vistas inigualables. Los más jóvenes, con librillo en mano, marcan su itinerario de la tarde para saber qué cofradías irán a ver después de la salida.

A las seis en punto de la tarde se abren los portones de la parroquia y, después de tres años consecutivos frustrados por la lluvia, sale sin ningún atisbo de duda la cruz de guía de la hermandad. Tras ella dos filas de nazarenos se colocan en la calle para aguardar al Santísimo Cristo del Descendimiento. Los nazarenos marcan un ritmo al principio pausado para sacar el paso del templo. En él flota el cuerpo inerte de Jesucristo, sustentado desde lo alto de la cruz por los dos santos varones. A sus pies lo aguardan su madre, la Virgen María, la Magdalena y San Juan Bautista.

Con un ritmo cada vez más rápido avanzan en dirección al Puente Romano. Se nota que los costaleros tienen ganan de llevar a su Cristo y cruzar con el impulso del fervor las dos orillas que separan al Campo de la Verdad del Centro de la ciudad. La banda de cornetas y tambores de Nuestro Padre Jesús Caído y Nuestra Señora de la Fuensanta marcan sus pasos.

A tan sólo unos metros el cortejo lo completa Nuestra Señora del Buen Fin, obra del imaginero sevillano Hernández León. Bajo el palio, decorado con bordados dorados, la Dolorosa con manto rojo sigue a su hijo, que acaba de morir en la cruz. Los vítores y los aplausos se repiten en cada una de sus levantás.

El cielo permanece completamente despejado mientras los pasos atraviesan el Puente Romano, uno de los puntos en los que se concentra una marea humana para contemplar esta estampa cofrade. Por delante para los costaleros aún quedan más de siete horas y media en las que se dejarán la piel para pasear a su Cristo del Descendimiento.

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