Los dolores

Grande Capuchinos, grande la Señora

  • Cientos de fieles esperan la salida del Cristo de la Clemencia y la Virgen de los Dolores.

LLEGAR a la plaza de Capuchinos estos días es bien fácil. Sólo hay que seguir la cera que invade las calles y que el sol se encargará de borrar en los próximas días. Llegar a la plaza de Capuchinos el Viernes Santo tampoco es difícil. Sólo hay que seguir a los devotos de la Virgen de los Dolores -que se cuentan por miles- y esperar pacientemente sobre el empedrado de la plaza a pesar de lo incómodo del andar sobre él, pero merece la pena. Es Viernes Santo, sinónimo de blanco y negro en esta coqueta plaza. Es Viernes Santo, jornada de duelo, jornada de luto, y la plaza que preside el Cristo de los Faroles y que guardan la iglesia de San Jacinto y el convento del Santo Ángel es un ir y venir de nazarenos. Algunos llegan rezagados, otros esperan su turno para poder acceder al templo que hasta el mediodía del Jueves Santo guardaba la Señora de Córdoba. Los servidores se afanan en controlar que todos los penitentes estén preparados. Capuchinos, ahora sí, empieza a hervir de fe.

Una jornada ansiada por muchos, no en vano la hermandad servita el año pasado no pudo hacer su estación de penitencia por la maldita lluvia y el anterior ejercicio la misma lluvia, que no ha hecho acto de presencia estos días, le sorprendió cruelmente a mitad de recorrido. Pero ayer nada, ni nadie pudo con esta hermandad, que llegó hasta la Catedral de nuevo y desfiló sabiamente y enlutada por la carrera oficial.

Sin que nadie lo espere, sin que haya nervios o tensión, aparece el fiscal de horas y San Jacinto abre sus puertas. Empieza la penitencia de los nazarenos enlutados. Comienza el Viernes Santo en esta parte de Córdoba y también la espera de ver a la Señora de Córdoba. Sin embargo, es el turno del Cristo de la Clemencia, preludiado por cientos de nazarenos y también por numerosos niños, la savia joven de la hermanad.

De dos en dos, Capuchinos se llena de luto. De dos en dos, Capuchinos se llena de vida con la salida del Cristo de la Clemencia. La plaza ahora calla, apenas se escuchan las órdenes del capataz que guía a los costaleros que sacan dulcemente el pasado desde el remodelado local, que se encuentra justo en frente de la residencia de mayores San Jacinto. Un suave aplauso preludia la salida a la calle del Cristo y alguna que otra lágrima asoma por debajo de las gafas de sol de muchos de los presentes. El Cristo de la Clemencia, obra de Amadeo Ruiz Olmos de 1939, abandona Capuchinos.

De nuevo silencio. Ahora la espera se antoja más larga. El tiempo no pasa tan deprisa como se quiere. La Virgen de los Dolores se hace esperar. Un ligero aire remueve el ambiente y antecede a la Señora de Córdoba, que de manera elegante sale ante la mirada atónita de los fieles. Ante la mirada soñadora de muchos, ante la mirada de quien pide perdón y que sabe que Ella concede. La Virgen de los Dolores reina ahora en Capuchinos y los aplausos la acompañan. La Señora de Córdoba toma el mismo camino que el Cristo de la Clemencia. En un paso suave, como si me meciera. Adornada floralmente con elegancia. Junto al Cristo, recorren Córdoba, llegan al templo mayor de la Diócesis y toman el camino de regreso a San Jacinto, en Capuchinos. Su casa, su morada.

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