Alto Guadalquivir

Y el diablo vuelve a recorrer las calles de Montoro

  • La Diablilla se escapa en vísperas de San Bartolomé para asustar a los niños y repartir caramelos

Un grupo de niños rodea a la Diablilla. Un grupo de niños rodea a la Diablilla.

Un grupo de niños rodea a la Diablilla. / El Día

Y el diablo vuelve a bajar del campanario. Mediodía en Montoro, el sol en su cénit, la plaza de España recalentada como un fogón. Y un ser fantasmagórico que desciende desde la torre de la parroquia de San Bartolomé para incordiar a niños y mayores. Para dar sustos y repartir caramelos. Para intentar seducir a esa zona oscura del mal antes de que el santo salga esta tarde en procesión y, de nuevo, lo derrote.

Como manda la tradición, la Diablilla ha protagonizado otro 23 de agosto en la localidad del Alto Guadalquivir, víspera de la onomástica del patrón. Con su cabello negro encrespado, su rostro rojo desencajado, gesto infernal, cornamenta de bestia. Pesadilla hecha carne para los más pequeños, motivo de habladuría para los mayores. ¿Quién se esconde detrás de la máscara este año?

La incógnita nunca se despeja: “Es la Diablilla”. Sin nombre y sin apellidos, afirma la alcaldesa, Ana María Romero (PSOE), que en los últimos años ha procurado hacer de esta fiesta un motivo de celebración para los niños montoreños y desterrar el pánico que inundaba las calles generaciones atrás cuando llegaba esta fecha.

La Diablilla agazapada en cualquier esquina preparada para dar tirones de pelo a los niños despistados, al acecho en algún claroscuro entre la piedra molinaza hirviente tras un verano al sol, a la espera de su próxima presa. El párroco de San Bartolomé, Tomás Palomares, es el encargado de bendecir las medallas protectoras que, antes de que escape el esbirro de Satanás, reparte la hermandad homónima. Es la única manera de escapar a la acción de la Diablilla.

Las actividades de la plaza de España de este viernes han vuelto a ser multitudinarias, con juegos de agua y una fiesta de la espuma que ayudó a sobrellevar las temperaturas tórridas de la canícula que convierten a Montoro, verano tras verano, en el municipio más caluroso de Andalucía. Tal vez por eso el mal elige este enclave de Alto Guadalquivir para salir a la superficie y disfrutar de unas horas de sus diabluras.

El límite de sus fechorías lo pone la procesión del mártir en lo que significa una representación de la lucha del bien contra el mal que se remonta al 24 de agosto de 1240, fecha en que Fernando III el Santo arrebató definitivamente la ciudad a los musulmanes. Entre un momento y otro pasan 24 horas, una jornada entera que la Diablilla aprovecha para repartir sustos mientras los vecinos intentan esquivarla deslizándose por toboganes gigantes, en fiestas de la espuma o al son de las orquestas.

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