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Tribuna

alfonso lazo

Historiador

La urdimbre del tapiz

El vocabulario no es neutral. Se habla como se piensa pero también se piensa como se habla. El que logra imponer su forma de hablar ya ha impuesto su manera de pensar

La urdimbre del tapiz La urdimbre del tapiz

La urdimbre del tapiz / rosell

Parece como si el coronavirus y el encarcelamiento colectivo ordenado por nuestros señores a costa de la ruina económica de España hubieran sacado a la luz un nativo carácter sumiso. Apenas ni una protesta entre los siervos. Pero no se trata de eso, sino de algo mucho más profundo. Nuestra aparente sumisión no es tal, es en realidad la concordancia absoluta del pensamiento mayoritario con quienes ahora dirigen al país; porque si mandasen otros ya habríamos entrado hace tiempo en una insurrección generalizada. No se trata de política, es un asunto cultural, entendiendo en este caso por cultura toda una cosmovisión.

"Intelectual comprometido con su tiempo"; frase repetida mil veces sin rubor alguno por nuestros gurús culturales. Un genuino lugar común vacío de contenido, pues ¿cuáles son las características de un tiempo con las que supuestamente hay que estar comprometido? ¿y cuál es la autoridad legítima que dicte desde un nuevo Sinaí las Tablas de la Ley de una nueva moral laica? Eso dependerá, digo yo, del gusto y la ética de cada uno, si bien es cierto que desde hace mucho existe en España un pensamiento dominante cuyos valores, o contra-valores, pueden ser inventariados: buenismo, ultrafeminismo, corrección política, ignorancia supina de la Historia, pacifismo como entrega y rendición, ideología de género, relativismo, infantilismo, materialismo, nihilismo; más una serie de vocablos de obligado uso que han perdido su significado original hasta el extremo de poder ser utilizados tanto por un progre como por cualquier engañosa publicidad bancaria: "ecológico", "sostenible", "solidario", "democrático…". En suma, un discurso canónico donde las ideas han degenerado en simplificadas ideologías que exigen nuestro compromiso, nuestra sumisión interior.

El vocabulario no es neutral. Se habla como se piensa pero también se piensa como se habla de modo que el que logra imponer su forma de hablar ya ha impuesto su manera de pensar. El secuestro y la manipulación del habla y del relato histórico llevado acabo con éxito por nuestra progresía aborigen han conseguido que España acepte mayoritariamente la impostura de la "superioridad moral e intelectual de la izquierda", hasta el punto de convertirse en un dogma asumido por la propia derecha. Quizás, la más contundente prueba de cómo la progresía domina las artes y las letras, y con ello nuestra manera de ver, sean los suplementos culturales de periódicos tenido por conservadores, de derechas e incluso reaccionarios; suplementos que en nada difieren por su contenido y su ' Índice de autores prohibidos y autores a premiar, de los sectarios dogmas del New York Times.

1848 fue un año de tumultos en Europa, de revoluciones liberales, caída de troncos y luchas de partidos. Refiriéndose a ese desorden el poeta austriaco Franz Grillparzer renegó de la "política del día a día, pues la política de los siglos, que se llama Historia, y la naturaleza del espíritu humano que permanece siempre igual, son y seguirán siendo mis motivos de reflexión". El poeta descubría así que más allá de la mentirosa política cotidiana se abre la verdadera vida del espíritu. Un territorio metapolítico sobre el que descansa todo poder gubernativo más o menos degenerado. Algo que aún no ha comprendido la timorata derecha española. El dominio de la progresía en la literatura, el pensamiento filosófico y científico, las artes plásticas, los medios de comunicación, el cine y el teatro, dominio convertido en imaginario colectivo, explica el porqué de los abundantes y repetidos gobiernos de la autoproclamada izquierda española. Sólo un movimiento de hondo calado a favor del rigor intelectual, la razón frente a lo emotivo y el desprecio hacia la verbosidad y la simplificación de ideas y verdades podrá provocar un giro radical en nuestra situación. Es decir, cambiar la urdimbre sustentadora sobre la que se teje cada día el mediocre tapiz político y social de hoy.

Como todos los grandes cambios de mentalidad es posible que, de producirse, siga un esquema bien conocido por los historiadores: primero las altas ideas de los profetas; luego, la predicación de los discípulos; después, los divulgadores y, a continuación, un recuperado vocabulario en televisiones, periódicos y emisoras de radio. Si ocurre así se habrá ganado la batalla cultural previa a toda batalla política; de lo contrario, sólo cabrá esperar una larga cadena de confinamientos venideros con coronavirus o sin él.

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