Tribuna

Antonio Rafael López

Junta de Personal Docente no universitario de Córdoba

Ante la tragedia. En defensa del profesorado

Ante la tragedia. En defensa del profesorado Ante la tragedia. En defensa del profesorado

Ante la tragedia. En defensa del profesorado

A finales del curso 2017/2018 la comunidad educativa de nuestra provincia vivió con pesadumbre y dolor la desaparición y fallecimiento de Juan David, adolescente llegado a Fuente Palmera poco tiempo atrás, pero ya alumno y compañero querido en el Instituto de Enseñanza Secundaria Colonial. Creo que nadie ajeno a una tragedia de tal calibre puede plasmar con justicia el dolor vivido por sus seres cercanos. Por eso, deseo comenzar estas líneas expresando mis condolencias, mi total respeto al sufrimiento indecible de toda su familia. Nada de lo que aquí escriba pretende poner en cuestión la magnitud de su dolor ni tampoco el derecho que les asiste para actuar como en conciencia crean.

Escribo este artículo, no obstante, como profesor y sindicalista que soy, desde mi preocupación como Presidente de una Junta de Personal que suma las voces de todas las organizaciones sindicales del ámbito de la enseñanza pública. Y como tal, y en representación de todas ellas, no puedo dejar de sentirme identificado con mis compañeros y compañeras del IES Colonial. Quienes a diario, curso a curso, vivimos con vocación nuestra labor de educadores desarrollamos una relación que supera con mucho lo académico, que entrelaza con fuerza nuestras vidas con las de nuestro alumnado. Quizá porque para educar a alguien no haya mejor receta que hacerlo sentir querido o, al menos, importante. Quizá porque para preparar a alguien para vivir en el mundo no haya más remedio que vivirlo a su lado, que sacar las aulas a la calle, al campo, a la playa: a la vida real, fascinante y peligrosa como un volcán dormido.

Quizá por eso, día a día, curso a curso, miles y miles de docentes acompañan a su alumnado y al alumnado de otras materias que ni siquiera imparten a miles de actividades complementarias y extraescolares. Y lo hacen pese a tener que recorrer cientos de kilómetros, que dormir fuera de casa, que sacrificar el tiempo de sus propias familias, de su comodidad. Lo hacen pese a que nadie les obliga y a que, en el mejor de los casos, sólo obtendrán el reconocimiento de algunos de sus alumnos; pese a que lo que se ha preparado con mimo, lo que ha salido bien 100 veces, puede salir mal una maldita vez; pese a que dos ojos y dos manos no pueden ser suficientes para proteger a decenas de adolescentes de sí mismos y de todo el mundo que efervesce a su alrededor. Lo hacen pese a que la fatalidad, el accidente, pueden esperarnos a cualquiera a la vuelta de la esquina: en medio de unas vacaciones familiares o cuando volvemos de comprar el pan.

Hoy quiero agradecer a todos estos compañeros y compañeras que, pese a todo, siguen haciendo posible una escuela que amplía los horizontes de nuestros hijos. Y quiero rogarle humildemente a usted, que me está leyendo, que se ponga en la piel de estos miles de compañeros. Y le ruego también que se ponga en la piel del profesor y de la profesora que acompañaban al grupo del IES Colonial aquel funesto día y que ahora se enfrentan, junto a su dolor -que es también profundo e indecible-, a un juicio y a una posible condena de prisión e inhabilitación.

Llegados a este triste punto, corresponde a la justicia decir la última palabra. Pero mi corazón de docente me pide alzar la voz y estar al lado de mis compañeros y de todo lo que ellos representan para la escuela pública. Y mi corazón de sindicalista me obliga, en comunión con todos los miembros de nuestra Junta de Personal, a exigir y a recordar que la administración es siempre la primera y la mayor responsable de que el profesorado cuente con los recursos -personales y materiales- que requiere; con el asesoramiento previo, con el respaldo posterior y con la seguridad y el reconocimiento continuos que su crucial labor merece.

Ante situaciones como la vivida, como las que pueden a vivir a diario tantos maestros y tantos profesores, tantos y tantos alumnos, no pueden valernos las medias tintas. Desde las aulas de nuestros centros y hasta el último confín que alcance la educación de nuestros jóvenes, necesitamos de una administración que dé el todo por el todo por sus docentes. Y que lo haga para que sus docentes, simplemente, puedan seguir dando, a su vez, el todo por el todo, siempre y en cualquier lugar, por su alumnado.

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