Tribuna

Alfonso lazo

El secuestro del Estado

La Historia de las Mentalidades funciona como una rueda: primero gira despacio, casi no se percibe el movimiento, y pueden pasar siglos sin atraer la atención de los historiadores; luego, acelera y va adquiriendo una velocidad vertiginosa hasta que un día de 1931 España se acuesta monárquica y se levanta republicana. No siempre tales cambios históricos son para bien ni sirven al progreso: la rueda ha girado hacia atrás. Hoy, va convirtiéndose en lugar común de la mentalidad colectiva que la democracia en Europa ha entrado en crisis. Viene de lejos.

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial terminó el ciclo de los grandes hombres de Estado que había seguido al de los creadores de pueblos: Roosevelt en Estados Unidos fallecía poco antes del fin del conflicto bélico, y Winston Churchill, visto como el hombre que salvó al Reino Unido, perdía las elecciones apenas llegada la paz. Después, vinieron los epígonos, también eran grandes, pero aparecían cada vez más dispersos y de menor rango: de Gaulle, Adenauer, Indira Gandhi, Pablo VI, Golda Meir en Israel. El último, seguramente, fue Mitterrand. Hoy, vivimos "la hora de los enanos" que diría alguien cuyo nombre no puede ser pronunciado. Cómo comparar, en efecto, a cualquiera de los citados con cualquiera de los políticos actuales en España y en la UE. Ha sido precisamente la ausencia de altas personalidades heráldicas lo que ha hecho posible a los partidos ocupar un lugar en la democracia que no les corresponde.

No puede existir democracia sin partidos, pues cuando se vive en libertad los partidos son las asociaciones naturales e inevitables de quienes piensan de forma parecida con relación a la manera de dirigir un país. Suprimirlos sería suprimir el derecho de reunión y de expresión, piedra angular del sistema.

Mas ha ocurrido que esas asociaciones, ahora faltas de líderes con sentido de Estado y de nación, han secuestrado al Estado. Ya los partidos no ven en el Estado la institución que garantiza la libertad, la justicia, el orden y la prosperidad de los ciudadanos, sino un artefacto al servicio del partido mismo. Si los votantes pudieran escuchar cuanto se dice en las reuniones secretas de los jefes partidarios escaparían empavorecidos de las urnas. En España, por no hablar de Europa entera, la democracia con partidos ha mudado a una democracia de partidos.

Los ciudadanos comprendieron, y en los periódicos se habla abiertamente de desafección popular y crisis democrática; coyuntura peligrosa y cercana al modelo de quienes defienden la democracia directa en la calle, sinónimo de totalitarismo de masas.

No existe alternativa alguna a la democracia parlamentaria, como no sea la tiranía y la pérdida de libertades. Pero si cabe una reforma a fondo de parlamentos, elecciones y partidos. Reforma nada onerosa que podría dar comienzo con una nueva ley electoral a fin de permitir a los votantes tener la última palabra y no dejarla en manos de maniobreros profesionales y alianzas contra natura. No costaría ni un euro cambiar listas cerradas y bloqueadas por distritos unipersonales y a dos vueltas. No cuesta nada, sino todo lo contrario, dejar de financiar a los partidos como tales partidos: que busquen el dinero ellos en las cuotas de sus militantes y en donaciones privadas; donaciones libres, siempre que se hagan públicas y así el ciudadano conozca quién dona a quién y vote en consecuencia; los casos de corrupción disminuirían mucho.

Ni tampoco cuesta un céntimo reformar el reglamento de las Cortes dando a diputados y senadores el papel que les corresponde, lejos de los autómatas elementales que son hoy bajo los jerarcas de la organización. En suma, un nuevo paradigma político que sustituya el poder absoluto de lo colectivo (el partido) por el trabajo de parlamentarios concretos, con sus nombres y apellidos, responsables de hecho cada uno ante el distrito que lo eligió a él y no a una siglas. El bien común dejaría de ser un mero subproducto de la lucha entre organizaciones partidistas. Resulta innecesario añadir que las jerarquías de hoy no estarían por una reforma así.

Entonces, "sólo un dios puede salvarnos", se ha dicho; pero no hay que llegar a tanto. Bastaría un líder con ideas de Estado, nuevo lenguaje (nuevo no significa volver al lenguaje de hace 80 años) y el carisma necesario al frente de cualquier partido para revitalizar, elección tras elección, nuestra alicaída democracia. Quizás, del tumulto electoral que se avecina salga algo bueno.

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