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Tribuna

Juan Luis Selma

Sacerdote

Hay libertades que pesan demasiado

Hay libertades que pesan demasiado Hay libertades que pesan demasiado

Hay libertades que pesan demasiado

La libertad es estupenda, es el presupuesto necesario para el desarrollo de la persona. Todos la necesitamos y la estimamos. Hay que cultivarla y defenderla. Nos gusta vivir en un ambiente libre. Creo que en esto estamos de acuerdo, pero resulta que se puede hacer muy pesada. He escuchado a jóvenes decir que porqué tengo que ser libre, sería más sencillo estar programado. No tener que elegir. Tienen la experiencia del fracaso, de una libertad que no les sirve.

Estoy leyendo un libro, que considero profético del Cardenal Robert Sarah. Se hace tarde y anochece. El capítulo quinto se titula El odio al hombre. Pienso que este odio está latente en algunas consignas pseudoculturales actuales. No quieren al hombre, no se gustan, incluso se aborrecen. Hay un deseo prometeico de libertad, de rebeldía, de no depender de nada, ni de nadie, tan actual como antiguo. El sueño de ser como dioses nos está llevando al despreciar al hombre, su historia, su cultura. No queremos depender de nada, no queremos recibir nada. Nuestra locura de grandeza considera una humillación recibir algo. Nos creemos autosuficientes. Queremos crearnos nosotros mismos y nos aislamos transformándonos en lobos esteparios.

Cuando la libertad es un absoluto autónomo, sin referencia, sin norte, embriaga. Vivir así reinventándome constantemente, es encerrarse en un laberinto absurdo, sin pautas, sin lógica, anárquico, sin salida. Sabemos que tenemos límites, que la vida la hemos recibido, que necesitamos de los demás. Hay comportamientos, acciones que nos van bien, en las que nos realizamos como personas, que son acordes con nosotros. En cambio, por mucho que lo justifique, por atrayente que me resulte o por mucho que alimente mi ego, hay obras que me degradan, me ensucian y me dañan. Podemos poner ejemplos históricos como la esclavitud, el absolutismo, la Shoá, los gulags… también los hay actuales como la trata de blancas, la pedofilia, el narcotráfico, el tráfico de órganos y un sinfín de comportamientos aberrantes. Hay cosa que puedo hacer, pero que no me van bien, y por supuesto no me hacen feliz.

Dice Sarah en su libro: "Creo que ha llegado el momento de liberar al hombre de este odio hacia todo lo que ha recibido. Para ello es preciso descubrir la verdadera naturaleza de nuestra libertad, que se desarrolla y se fortalece si se acepta la dependencia por amor. De hecho, todo amor crea una relación que es un vínculo, un don, una libre dependencia del objeto de nuestro amor." El sentido más profundo de la libertad es el amor, y este me saca de mí mismo, me abre a los otros, al amado. No me ata, me hace más libre, porque esa facultad me realiza. Da sentido a lo que soy, me saca del laberinto, me engrandece precisamente cuando me delimita y me define. Me ayuda a encontrar mi camino, mi sentido, me da felicidad.

Cuando todo depende de mí, de mis antojos, de mis delirios, de lo que soy capaz de hacer, sin norte, estoy condenado a inventarlo todo y en cada momento. Hoy quiero ser científico, mañana poeta. Por la tarde una ágil libélula, después un astuto camaleón y así hasta el infinito de posibilidades. La renuncia al amor, a las dependencias, a la verdad, a Dios me condena a la dura tarea de ser un dios que todo lo tiene que decidir. Ahora incluso estamos cargando sobre los débiles hombros de los niños la responsabilidad de tener que elegir por sí mismo sin son niños o niñas.

Decía Benedicto XVI que el hombre moderno "no quiere contar con el amor que no le parece fiable; cuenta únicamente con el conocimiento, puesto que le confiere el poder. Más que el amor, busca el poder, con el que quiere dirigir de modo autónomo su vida. Al hacer esto, se fía de la mentira más que de la verdad, y así se hunde con su vida en el vacío, en la muerte. Amor no es dependencia, sino don que nos hace vivir. La libertad de un ser humano es la libertad de un ser limitado y, por tanto, es limitada ella misma. Solo podemos poseerla como libertad compartida, en la comunión de las libertades: la libertad solo puede desarrollarse si vivimos, como debemos, unos con otros y unos para otros. Vivimos como debemos si vivimos según la verdad de nuestro ser, es decir, según la voluntad de Dios".

Es cierto que tener raíces ata, pero sin ellas somos demasiado volátiles, delicuescentes, etéreos, irreales. Es mejor tener una historia, una cultura, unas tradiciones, un norte. Es mucho mejor estar en las manos del Amor, de la Verdad, del que da Vida. Esa libertad condicionada por el Amor verdadero es la que libera. La otra nos esclaviza a nuestros caprichos y errores, nos pesa demasiado, nos agobia.

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