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Tribuna

José Antonio González Alcantud

Catedrático de Antropología de la Universidad de Granada

El juego de las semejanzas en Sicilia

El juego de las semejanzas en Sicilia El juego de las semejanzas en Sicilia

El juego de las semejanzas en Sicilia

Cefalù es una extraordinaria localidad siciliana desde la que se otea a lo lejos las islas Eolias y hasta el volcán de Stromboli. Está presidida por una enorme mole montañosa, bajo la cual viven y mueren sus ciudadanos. La ciudad alberga una especie de gabinete de curiosidades que creó señor Enrico Pirajno, barón de Mandralisca, donde se mezclan conchas marinas y antigüedades griegas, y en la que la pieza más importante es un pequeño retrato al óleo llamado L'ignoto marinaio. Éste fue ejecutado por el pintor Antonello da Messina poco más allá de la mitad del siglo XV. He visitado en varios tiempos el pequeño museo movido por un interés que supera al de la famosísima Gioconda.

Hagamos memoria. La Gioconda de Leonardo, pintor como De Messina de corta obra, se convirtió en un fenómeno cuando fue robada del Louvre en 1911. Este robo llevó a la detención del poeta Apollinaire, y al interrogatorio de Picasso, considerados como las cerebros de la operación. Más adelante se conoció que el autor del robo fue un italiano, quien habría actuado por amor propio, según él, para reclamar la italianidad de la pintura y denunciar su ilegítimo secuestro por Francia. Lo verdaderamente interesante fueron las colas que se formaron en el Louvre para contemplar el vacío del cuadro robado; colas que no se habían producido ni por asomo con anterioridad. Ello ha llevado incluso a los psicoanalistas a reflexionar sobre el valor de la ausencia. Siguiendo este modelo, el museo Stewart Gardner, de Boston, ofrece al visitante el marco de uno de sus cuadros robados, sin tela, y con un letrero que informa de la recompensa ofrecida para quien encuentre el lienzo. Sea, pues, que a partir del robo de 1911 la gloria de la Gioconda ha llegado a su paroxismo en ese gran salón con algo de irreal donde se agolpan los turistas dándose codazos para hacerse por turnos una selfie con la deseada pintura.

El retrato del Ignoto presenta muchos paralelismos con la Gioconda, excepto la brutal fama de esta. El sujeto retratado, que no se conoce quién es, ni siquiera su condición social, si era noble o plebeyo, y con una edad indeterminada, no está pintado sobre un fondo paisajístico, lo que concentra al espectador sobre el enigma de su sonrisa. Vincenzo Consolo escribió un relato sobre él, y en él deja constancia que el retrato procedía de la isla de Lipari, donde fue adquirido por la familia Mandralisca, a mitad del siglo XIX, que lo pusieron en su farmacia. Consolo situó su escenario en vida del barón y en medio de la revolución propiciada por los garibaldianos en 1860. Según otro escritor siciliano, Leonardo Sciascia, el retrato es una quintaesencia de la "sicilianidad". No llegué en otras visitas previas a captar su sentido. La identidad en las ciudades del Mezzogiorno italiano tiene mucho de esa condición adjetiva: la napolinidad, la sicilianidad… Sería algo así como una sutil conciencia de sí, profunda y nada dada los devaneos políticos identitarios. Por eso, en las conversaciones con mis amigos sicilianos, ellos que en buena medida sienten legítima nostalgia del Reino de las Dos Sicilias, como ocurría con el príncipe gattopardiano de Lampedusa, no comprenden realmente nada de lo ocurre por ejemplo, con el paroxismo catalán actual, que observan con auténtica hostilidad.

¿Qué es, en consecuencia, la sicilianidad del Ignoto? La clave está en su sonrisa que nos está anunciando que nos ha calado, que ya sabe a dónde vamos y quiénes somos. Juega a la somiglianze, a la sutilidad de la semejanza, de la averiguación. Ha desnudado nuestros más hondos secretos, y nos ha dejado desnudos ante el espejo de la arrogancia. No se trata de un hecho divino, el mostrar las vanidades del mundo y lo efímero de la vida, sino de algo más grave: sabe qué pretendemos de él. La sabiduría socarrona basada en semejanzas solamente es posible en pueblos con grandes estratos de formación en sus conciencias.

Llevaba yo en este último viaje, en el que me habían concedido un gran honor en Messina -en su vieja universidad- y en Mistretta -un gratísimo pueblo de la Sicilia más profunda-, en la faltriquera el Manuscrito encontrado en Zaragoza del conde Jan Potocki, extraordinario libro de principios del siglo XIX, donde se mezclan los moros granadinos, los bandidos de Sierra Morena y sus homólogos, los bandidos sicilianos. En Noto y en Mazara del Vallo, donde pasan algunas de las aventuras del bandido Zoto, contadas a la noche de una andaluza Venta Quemada, observo que la sicilianidad posee un sentido tan íntimo que se funde con la condición humana. La vendetta mayor de cualquiera es haber capturado la esencia del contrario, incluso del amigo, esbozando una mefistofélica sonrisa: ¡ya te he calado!

Aquí, en nuestra Andalucía, tan parecida y tan diferente a Sicilia, hemos perdido el sentido del juego de las semejanzas. Falta nos haría estrechar para recuperarlo estrechar los lazos intelectuales con Sicilia, al fin y al cabo ellos y nosotros, junto a los griegos, somos el corazón de Europa.

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