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Tribuna

césar romero

Escritor

Las edades del hombre

Los intelectuales, a derecha e izquierda, deberían usar su experiencia y poner cordura, mesura, donde sólo hay ladridos, ruido y exageración

Las edades del hombre Las edades del hombre

Las edades del hombre / rosell

Como Gregorio Marañón no tuvo enfrentamiento público con ningún gerifalte del franquismo, eso que antes se llamaba antiguo régimen, no correrá la ¿suerte? de Unamuno, ahora en parte resucitado en plataformas digitales y algunas librerías, aunque quizá poco o nada leído (salvo por obligados adolescentes a quienes su prosa les parecerá contemporánea de la de su tocayo Cervantes), y para la gran mayoría seguirá siendo sólo el nombre de un mamotrético hospital madrileño, ignorando a uno de los ensayistas más sabrosos de su época, como podrá comprobar quien lea alguno de los tomitos de la legendaria colección Austral que aún, de otoño en otoño, se saldan en muchas ferias de libro antiguo. Entre sus abundantes e iluminadoras ideas, Marañón señaló los deberes del hombre (era esa época en que diciendo hombre se decía ser humano) según sus edades: en la infancia, obediencia; en la juventud, rebeldía; en la madurez, austeridad; en la vejez, adaptación. Psicólogos, sociólogos, pedagogos y aun politólogos se sonreirán, con esa media sonrisa de sobrada autosuficiencia tan característica, ante esta clasificación, como diciendo "Qué cosa más antigua y superada", cómo despachar en una palabra algo para lo que ellos necesitan frases y frases, y algún anglicismo, aunque tengo para mí que esa idea del médico madrileño en lo sustancial sigue vigente. Y que tal vez el incumplimiento de esos deberes de las edades explique algunos de los males que nos aquejan.

Un ejemplo: cuando se habla de la educación de la infancia se suele poner el acento en que padres y maestros han perdido autoridad, menos en que a los niños no se les enseña a obedecer. La pedagogía de la razonabilidad, de la negociación, puso de moda que todo lo que un niño deba hacer le sea razonado, como si con dos o tres años tuviera ya uso de razón (¿usa alguien hoy en día esta expresión?). Claro que hay que ir razonándole, pero muchas cosas a esa edad se deben hacer por obligación, ¿Y por qué?, pregunta el niño. Explíquele el porqué. Y si no lo entiende, insista. Y si no quiere, pues toca hacerlo: es su deber. Punto.

La vejez debe adaptarse a un mundo que va dejando de ser el suyo, no empeñarse en creer que siguen vigente los usos de cuando era ella la que, aún en su madurez, gobernaba el rumbo de este mundo. Es el sentido que da Marañón a ese deber. Y quizá, en vez del empeño en mantenerse en un candelero que ya no los alumbra, la mayor aportación que los viejos puedan hacer sea el de su experiencia. Aunque, en esto de la experiencia, a veces, escuchando a algunas personas mayores, uno piensa si la vida les ha servido para algo, porque lejos de, tirando de experiencia, poner mesura y verdad en sus apreciaciones, en sus aportaciones, parecen ir con una llama buscando mechas para prender o avivar fuegos. Quien vio pasar mucha agua bajo el puente ya debería saber que conviene no inflamar las cosas, ponderarlas, que casi nada tiene tanta importancia como para andar rasgándose las vestiduras.

Uno no sabe si esta actitud extremada de demasiados viejos en la actualidad es porque la vida les trajo años aunque no experiencia o porque, dado que la edad estrella en el mundo occidental desde hace aproximadamente un siglo es la juventud, quieren mostrarse rebeldes para no perder comba, seguir pareciendo jóvenes, subirse a ese carro para no ir en las carrozas que les tocan. El joven tiene el deber de la rebeldía, no está maleado por la vida y cree que puede cambiar las cosas, quiere cambiarlas. El viejo que se apunta a esta rebeldía juvenil, más allá del deseo de maquillar las arrugas de la edad, de devolver a su almanaque hojas ya caducadas, revela algo atufadamente falso, poco creíble. Esos intelectuales nonagenarios, o casi, que cuando la derecha democrática llega al poder llaman a las barricadas y tocan a rebato, como si no supieran por experiencia propia cómo es la derecha no democrática, tienen un aroma falso. Igual que aquellos otros, menos (ya se sabe que la intelectualidad tiende más a la izquierda que a la derecha), que ante la coalición de un gobierno de izquierdas asustan a la gente con el advenimiento del apocalipsis. Tanto unos como otros deberían usar su experiencia y poner cordura, mesura, donde sólo hay ladridos, ruido y exageración. Quizá es lo que siempre debiera aportar quien ejercita su cabeza, como en teoría hacen los intelectuales, más aún si ya son viejos y la experiencia de la vida les vale para algo. Si no, descartando que sean tontos, que pudiera ser, pues de todo hay, es que no son de ley, sino falsa moneda, y mejor no echarles cuenta.

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