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Tribuna

Salvador Gutiérrez Solís

@gutisolis

Sonriente, bajo el eucalipto

Pude constatar que hay emociones que no desaparecen, por mucho tiempo que pase, siguen estando ahí, dentro de nosotros

Sonriente, bajo el eucalipto Sonriente, bajo el eucalipto

Sonriente, bajo el eucalipto

Alguien me dijo que la vida es un carrusel, o una noria, y hay días en los que estás arriba, rozando el cielo, otros a media altura, y muchos a ras de suelo, y que, por eso, lo verdaderamente importante es seguir girando, sin abandonar tu asiento. También podemos comparar la vida con una rosa: hasta la más hermosa cuenta con su punzante espina. Y puedes estar disfrutando de su color, de su aroma, y sin embargo padecer el pinchazo. La mía ha sido una semana de carrusel y rosas, de subidas y bajadas, de alegrías y de tristeza, de profundo dolor. El lunes tocó la espina, bien afilada, nos hizo mucho daño, llevándose a mi prima María del Carmen. Muy joven, y fuerte, toda la vida por delante, dejando desgarrados e impotentes a sus hermanos, madre, hijos y marido. A todos los que la queríamos. Por no sé qué extraña combinación de circunstancias, cuando me dirigía al funeral, aparqué el coche a escasos metros de la que fue su casa durante muchísimos años, en la Plaza de la Magdalena. Pasar junto a ella fue una descarga de emociones y recuerdos. Me encantaba ir a casa de mi tía Paquita, su madre, y disfrutar de las mejores tortillas patatas que he probado y poder jugar con el Magia Borrás de mi primo Paco, que conservaban como si nunca nadie lo hubiera tocado, o contemplar la chispeante sonrisa de Ana, su hermana. Y los recuerdos se encadenaron, inevitablemente, y me trasladaron al cortijo de mis abuelos, Porrillas, cerca de Alcolea, donde pasamos tantos veranos. Precisamente, por estas fechas llegábamos, una vez acabados los colegios, una legión de primos que disfrutábamos de interminables días sin wifi, sin 5G y sin televisión, pero con alberca, vaquería, huerto, partidos sobre cemento, canciones, tirachinas y muchas risas. Coger una sandía y ponerla a enfriar en el canalillo, corretear tras las "bichas", recolectar jazmines para librarnos de los mosquitos, darle vueltas a la casa con las bicis, buscar en la alacena un cortadillo, ser felices sin saberlo.

El pasado lunes, cuando pasaba por la Magdalena, junto a la que fue su casa, coronada por el retrato del difunto padre que nunca conocí, pude ver a mi prima Maricarmen, de nuevo, junto a la alberca, bajo el eucalipto, siempre sonriente y observadora; le encantaba escucharnos y reír nuestras ocurrencias. La despedimos el pasado martes, en San Pedro, y todos los presentes pudimos constatar que el dolor en el tiempo de pandemia es más dolor, menos solidario, más reconcentrado. Costó no abrazar a Rafa, a sus hijos, compartir las emociones y el cariño. Solo dos días después, la rosa me mostró sus relucientes pétalos, de nuevo en Córdoba, en el acto organizado por la centenaria y legendaria Librería Luque. Muchos amigos y amigas se dieron cita en una tarde de calor sofocante. Todavía no sé cómo devolver tanto cariño, tanta confianza. Pude constatar que hay emociones que no desaparecen, por mucho tiempo que pase, siguen estando ahí, dentro de nosotros. En la Luque, en su escaparate de la calle Cruz Conde, vi por primera vez una novela mía en un librería. Recuerdo perfectamente ese momento, a pesar del tiempo transcurrido. Hay recuerdos que merece la pena tatuar en nuestra memoria, mimar, conservar, y tratar de imponer a esos otros que nos conducen a las sombras, a las espinas. En cierto modo, y me alegro de ello, sigo siendo el mismo que aquel joven escritor que no podía creer que su novela estuviera en el escaparate de una librería. Las emociones, por suerte, tienen su propio recorrido, y no contamos con la capacidad de conducirlas. Trotan, navegan o caminan a su antojo, por eso siempre nos superan y sorprenden.

Si la infancia es la verdadera patria, la mía fue muy feliz, cálida y compartida. Muy especialmente en aquellos calinos veranos en Alcolea, en el que la felicidad era un estado de ánimo compartido que nacía de la nada cada mañana, sin necesidad de artificios. En esta semana de recuerdos, emociones y reencuentros, la infancia ha cobrado un especial significado, como el tiempo en el que se forjan muchas de las presencias que te han de acompañar a lo largo de la vida. Un tiempo para apuntalar la patria de la memoria y de los sentimientos. Una patria compartida con mi prima Maricarmen, a la que yo siempre recordaré sonriente, bajo el eucalipto.

A la memoria de María del Carmen Huertos Solís

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