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Tribuna

Óscar Eimil

Jurista y escritor

Parálisis permanente revisable

Los medios de comunicación han alcanzado tal grado de ideologización y dogmatismo que muchísimos españoles sólo ven ya la televisión en 'streaming'

Parálisis permanente revisable Parálisis permanente revisable

Parálisis permanente revisable / rosell

De los muchos pecados en los que está metida hasta las cachas nuestra sociedad, destaca hoy en día, a mi juicio, uno sobre todos los demás. Y destaca porque, tras muchos años en que parecía dormido, el sectarismo ha vuelto a surgir entre nosotros con una fuerza que no se recordaba desde las épocas más aciagas de la Historia de España.

Para glosar con rigor esto que les digo, conviene primero comprender bien su concepto. Y, para ello, de las muchas definiciones que existen, me quedo con una, que destaca por su sencillez y claridad. Dice, en este sentido, el diccionario de la RAE que sectarismo equivale a fanatismo o intransigencia en la defensa de una idea o de una ideología.

Son muchas las manifestaciones de este comportamiento -camino cierto hacia la ruina- que hemos venido observando en nuestro país durante los últimos años, tanto en el ámbito de lo político como en el de lo social. Hagamos pues un repaso, aunque no sea exhaustivo, que nos permita comprobar esta realidad.

En el ámbito de lo político es donde se observa con mayor claridad. Desde la implosión de la crisis económica, hace casi una década, nuestro sistema constitucional se ha convertido en un mecanismo anquilosado e inoperante, paralizado por la intransigencia de unos protagonistas, no importa su ideología, que no acaban de comprender que la ciudadanía desea una verdadera voluntad de entendimiento que ayude a resolver sus muchos problemas más allá de postureos.

También dentro de este grupo destaca el independentismo rampante y el nacionalismo en sus diferentes formas, paradigma de una intolerancia que se manifiesta cada día en la exaltación de lo propio y en la denigración de lo ajeno. La circunstancia de que utilicen con desparpajo la palabra "español" como insulto es altamente significativa del grado de indignidad al que han llegado.

En el ámbito social, la cosa se complica todavía más, porque son muchas las manifestaciones de sectarismo que impregnan desde arriba hasta abajo nuestra sociedad. Les dejaré aquí algunos ejemplos.

Los medios de comunicación han alcanzado tal grado de ideologización y dogmatismo que muchísimos españoles sólo ven ya la televisión en streaming. Algo que puede también predicarse de la prensa escrita e incluso de la radio, que con excesiva frecuencia se convierten en poleas de transmisión de una determinada ideología.

En el ámbito de las sociedad civil quiero traer hoy aquí dos acontecimientos muy recientes que dejan bien a las claras hasta qué punto de ignominia hemos llegado. Me refiero a lo que sucedió el pasado día 8 de marzo en la gran manifestación feminista conmemorativa del Día de la Mujer Trabajadora y, hace unos días, en la del orgullo homosexual. Las imágenes del acoso y derribo que esos dos días sufrieron los miembros de un partido político que, en mala hora, tuvo la idea de acudir a esas convocatorias, y la previa y expresa exclusión de otros partidos en unas celebraciones que deberían ser socialmente transversales, -puesto que, que yo sepa, hay mujeres y LGTBI de todas las ideologías-, viene a poner de nuevo de manifiesto lo bajo que hemos caído.

Dejo para el final la cultura. Hace pocos días tuve la oportunidad de ver en la segunda cadena de TVE un magnífico programa dirigido por el periodista Álvaro Zancajo sobre la trayectoria del recientemente fallecido Arturo Fernández, una de las grandes figuras de la escena nacional de los últimos 60 años. En dicho programa, que les recomiendo, el genial y longevo actor, pone al descubierto lo que es hoy en día en España el mundo de la cultura: teatro, literatura, música, cine, y televisión. Decía el actor asturiano con mucho tino que él mismo, hijo de un anarquista exiliado tras la guerra civil, no tuvo ningún problema para trabajar en la España de Franco. Nadie, en aquel momento, le preguntó de quién era hijo ni tampoco su ideología. Sin embargo, hoy en día -añadía-, a sus noventa años, muchos ayuntamientos de España gobernados por la izquierda lo vetaban de la forma más rastrera posible, al negar el acceso de su compañía a los teatros municipales con las más variopintas excusas, a pesar de que él, a diferencia de otros, siempre pagaba el precio que le pedían. No en vano, nunca, en sus más de 60 años en la escena, recibió el actor asturiano una subvención pública.

Y parece que existe, en este sentido, algún tipo de relación entre sectarismo y subvención, porque son precisamente esos sectores que de una forma u otra están más lubricados con fondos públicos donde anida de forma más cruda el sectarismo y el fanatismo, por lo que debemos preguntarnos si son sectarios porque reciben subvenciones, si reciben subvenciones porque son sectarios o las dos cosas a la vez. Ustedes dirán.

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