Tribuna

Salvador Gutiérrez Solís

@gutisolis

Flamenco, un Arte vivo

Hasta mediados el siglo XX, el cantaor debía autoamplificarse, y captar la atención del público imponiendo su voz

Flamenco, un Arte vivo Flamenco, un Arte vivo

Flamenco, un Arte vivo

La aparición y eclosión del fenómeno Rosalía ha vuelto a reabrir el tal vez siempre abierto debate en torno al Flamenco, sobre lo que es y lo que no es, como si existiera un canon lo suficientemente estricto y clarificador que así lo determinase. En realidad, se trata de un debate apasionante (siempre que se respeten, aunque no se compartan, las diferentes teorías), que enriquece al propio Flamenco, ya que lo muestra como un elemento vivo. Aunque nunca he mantenido una estrecha relación con el Flamenco, no ha sido una de mis preferencias musicales, empieza a serlo (poco a poco), en los últimos años sí que me he sumergido en el estudio de su origen, definición e historia, por motivos profesionales. Y me ha sorprendido descubrir un arte que en cierto modo parte del misterio, de la inconcreción y del encuentro de culturas y lenguajes. Un arte que siempre se ha caracterizado, especialmente en sus raíces, por su permanente tendencia al encuentro y al mestizaje. El Flamenco fue en un principio una expresión contaminante y contaminada, en la misma proporción. Interpretación de los cantos eclesiásticos, humanización de los "grillos", el sonido de los grilletes de los penitentes o de los cantos de las "ánimas benditas" en el último recorrido de los difuntos, o las de los campanilleros, los romances o los villancicos. Puede que ahí estuviera la semilla y la primera transformación tal vez la podamos encontrar, y esto es una particularísima interpretación, en su combinación con determinados oficios. Porque es muy fácil descubrir, en las primeras manifestaciones del preflamenco (Flamenco primitivo), que muchos de sus intérpretes trabajaban en oficios que solían ser tan mecánicos como solitarios. Herreros, agricultores, aguadores, panaderos… que se hacían compañía cantando lo que habían escuchado en las romerías, en las procesiones y en los entierros. Repetían esas músicas como un mantra, en las largas y monótonas jornadas de trabajo.

Y esos cantes, en las ferias del ganado o, posteriormente, con la llegada del tren, entraban en contacto con los cantes que traían en sus gargantas los tratantes, los buscavidas, los malabaristas, muchos de ellos gitanos, de Lebrija o de Utrera, que se contaminaban y contaminaban a los que con ellos se encontraban, expandiendo el virus del Flamenco, o de lo que fuera aquello, por donde pasaban. Hoy ya no tenemos que esperar a que muera alguien o a que sea Semana Santa o a la romería de turno, para escuchar música, es tremendamente accesible en multitud de soportes y plataformas, y lo mismo que esos primeros cantaores escucharon, en esos primeros momentos, los romances o los villancicos, décadas después escucharon el tango, el jazz o el blues, y hoy los nuevos cantaores, y cantaoras, escuchan el trap, el rap, el reguetón o el rock alternativo, y como esos tratantes, comerciantes y trotamundos del pasado se contaminan y contaminan. Con una gran diferencia: hoy contamos con un mayor y mejor acceso a todo tipo de música, así como a cualquier otra referencia cultural.

Pretender que el Flamenco no sea un arte evolutivo es no tener en cuenta su historia o su esencia, sus orígenes, donde el viaje y el encuentro fueron decisivos, debiéndose entender como su "naturaleza fundacional". Y en su representación exterior no se pueden comparar, el presente con el pasado. Durante mucho tiempo, por ejemplo, hasta mediados el siglo XX, el cantaor debía autoamplificarse, y captar la atención del público imponiendo su voz, mientras que las últimas generaciones de flamencos cuentan con voces más moduladas, con más matices, más elegantes si se quiere, porque el problema de la megafonía, porque sólo se trataba de eso, ya está resuelto. Y la propia Rosalía, María José Llergo, Poveda o Rocío Márquez son ejemplos de esas voces trabajadas, armónicas, matizadas. Tal vez la concepción más purista del Flamenco sea aquella que lo entiende como un arte impuro y vivo, dada su tendencia a relacionarse y encontrarse con otras expresiones musicales. Que el Flamenco se mantuviera en una única y estricta definición, sería como pedirle al fuego que no quemara o al agua que no mojara, que renunciara, en definitiva, a su principal característica. Sería pedirle que dejara de ser lo que siempre fue, un Arte vivo.

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