Tribuna

Salvador Gutiérrez Solís

@gutisolis

Felicidad, sobre todo

Felicidad, sobre todo Felicidad, sobre todo

Felicidad, sobre todo

Escribo frente a la calle, que contemplo a través de una cristalera, hoy empapada por la lluvia. Escribo mientras los niños de San Ildefonso reparten esos miles de euros que nunca acaban en nuestros bolsillos. Escribo mientras el covid, dos años después, se muestra más desbocado que nunca, como si tratara de desquitarse de unos meses adormecido. Escribo mientras escucho las excursiones de los colegiales en este día tan feliz para ellos, por fin llegan las vacaciones. Escribo frente a la vida, de este día, de cualquier día. Escribo frente a la lluvia, y ayer frente al sol, frente a las nubes, o frente a un azul raso y bellísimo, mañana, la semana que viene. Y escribo ahora que se acerca la Navidad, el día de los inocentes, la Nochevieja, el nuevo año, todas esas fechas tan especiales, que cada año tratamos de celebrar de forma especial, y que con demasiada frecuencia acaban siendo un calco del año anterior. Pero por eso no abandonan la categoría de especiales. No sé si a estas alturas, ahora, mientras lee estas palabras, habrá necesitado de Almax o de paracetamol, o de ambas, según los excesos acometidos, o por el contrario se encuentra fresco y ligero cual pera primaveral. Un poco de exceso, de vez en cuando, tampoco está tan mal -cuando en realidad pienso que está muy bien-. Que vivir sin excesos tal vez sea como conducir sin curvas, y de vez en cuando es necesario, y aconsejable, agarrar con fuerza el volante y apretar a fondo el acelerador. Y no sólo estoy hablando de conducir, aunque yo creo que no es necesaria la aclaración. Pero me equivoco, porque estas navidades vuelven a ser especiales, o al menos diferentes, por no llamarlas extrañas, que es un adjetivo más feúcho, menos atractivo que los anteriores. Sí, y otra vez por este mal bicho que no se quiere alejar de nuestras vidas.

Que sí, que ya sé que nos tenemos que acostumbrar a vivir con este nuevo virus que parece más resistente que el James Bond más intrépido y con más mala baba que la Daenerys de los últimos episodios de Juego de Tronos. Que sí, cierto es, pero por eso no vamos a dejar de admitir que esto que nos ha tocado es muy desagradable, antipático, asqueroso -y me guardo palabras más graves-, lo peor que nos podía tocar. Es como eso que se comenta del rayo cuando no ganamos en la Lotería. Nos ha tocado el rayo, pero nada de pedrea, el Gordo, mismamente, y en esas estamos. Aburridos, desesperados, amargados, melancólicos, abrumados, aturdidos, que cada cual escoja el adjetivo con el que más se sienta identificado. El mal rollo es evidente, sobre todo porque este último bofetón ha llegado de imprevisto, a traición si me apuran. Y ya no vale eso de que hemos sido malos y es lo que nos merecemos porque nos hemos portado mal y hemos incumplido todo lo que nos han dicho, porque no. La mayoría hemos cumplido escrupulosamente con lo que nos han indicado y, en la mayoría de los casos, hemos ido a vacunarnos con un sonrisa en los labios, emocionados, plenamente convencidos de que es el único camino. Y ese convencimiento, en mi caso y en la mayoría, sigue siendo el mismo. Sí, pero nos llega esto y cada vez cuesta un poco más mantenerse firme en las convicciones y no caer en la indignación por la indignación, que no conduce absolutamente a nada (por mucho que se empeñen en demostrar lo contrario).

Por eso, tal vez la reivindicación o la demanda más revolucionaria para estas fechas sea la de buscar y proclamar la felicidad, y no pese a todo, sino sobre todo, por encima de todas las inclemencias a las que nos enfrentamos. También hay que buscarla, desearla, hacerle un hueco en nuestras vidas a la felicidad, tal y como le ocurre al amor. No basta con quererlo, hay que salir a buscarlo, más allá del desierto, las tormentas y los laberintos de cada día. La felicidad, ese estado mágico, dicen, que no se sabe nunca cuándo llega, tampoco cómo se va. Pero creer que se siente, que somos capaces de convocarla, puede que sea suficiente. Especialmente en días como estos, de charcos y ausencias, de barro y escalones demasiado elevados. De una manera u otra, toca disfrutar, nos merecemos un ratito, aunque sea, de felicidad.

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