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Tribuna

javier gonzález-cotta

Periodista y escritor

¿Condena a Peter Handke?

¿Condena a Peter Handke? ¿Condena a Peter Handke?

¿Condena a Peter Handke?

Estasemana resuenan en la sala de conciertos de Estocolmo las fanfarrias del acto de entrega de los premios Nobel 2019. Tiene el ritual un punto como de regresión analógica, algo que agradecemos los añorantes de los modales en el antiguo régimen. La polémica que en los círculos culturales se ha desatado por la concesión del Nobel de Literatura a Peter Handke (compartido con la sugerente polaca Olga Tokarczuk), ha venido envuelta en un polvorín como de otro tiempo también.

Las guerras yugoslavas de los 90 siguen acechando a Peter Handke por su otrora posicionamiento respecto a la causa serbia. Más que posicionamiento en sí, lo que Handke cuestionó fue la condena mediática hacia los serbios en aquel brutal conflicto de desmembración nacional. En la abundante obra del autor austríaco hay algunos títulos que abordan la cuestión yugoslava desde su particularísima atalaya.

Recuérdese que su novela La repetición (1986) se fijaba en la historia de la minoría eslovena en su Carintia natal, región situada al sudeste de Austria y limítrofe con Eslovenia (su madre y su abuelo fueron eslovenos: su influjo, como niño en formación, revertirá en el futuro novelista y en su idea sentimental sobre Yugoslavia). Después vendrán, a raíz del terrible menudeo de las guerras, sus libros Despedida del soñador del noveno país (1991), Un viaje a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina o Justicia para Serbia (1995) y Apéndice de verano a un viaje de invierno (1996). A esta serie dedicada al país de los matarifes serbios, que Handke escribe entre la introspección y el apunte viajero, le seguirán Preguntando entre lágrimas (con el telón de fondo de las 32.000 bombas arrojadas por la OTAN -sin mandato de la ONU- sobre la ya maltrecha Yugoslavia), y, por último, Alrededor del Gran Tribunal (sobre el juicio en La Haya al presidente Milosevic, quien morirá en 2006 antes de conocer la sentencia).

Su Justicia para Serbia situó a Handke en los márgenes del intelectual repudiable. El autor cuestionó la versión oficial acerca de la absolución y la condena que merecían los bandos enfrentados en el reñidero balcánico. No trató de ignorar el genocidio de musulmanes en Srebrenica, perpetrado por partidas de criminales serbobosnios. Tampoco pasó por alto las dolientes imágenes de los niños muertos y expuestos en los morideros de Sarajevo como consecuencia del cerco de 43 meses impuesto por los cañones del psiquiatra Karadzic (en Justicia para Serbia hasta llega a sugerir que se debía paliar tal dolor matando al propio Karadzic). Más allá de todo ello, lo que Handke cuestionó fue el blanco y el negro con el que los medios habían teñido los supuestos polos del bien y del mal en la guerra. Y lo hizo con preguntas molestísimas. Algunas de ellas abrían una alternativa sobre quiénes podían considerarse víctimas al inicio de la mutilación de Yugoslavia. Otras aireaban la silente connivencia de Europa (Alemania y su apoyo a Croacia o la insensata aprobación de Juan Pablo II). Alguna que otra reflexión peliaguda criticaba la sobreexposición informativa de las matanzas sufridas por unos (croatas, bosnios) en menoscabo de las de los otros (los serbios de la Krajina, por ejemplo).

Respecto a esto último, si hacemos retrospectiva mental de lo que fue aquello, ¿alguien podría recordar hoy con nitidez alguna imagen, algún titular, algún icono del dolor de los serbios de Bosnia o de los muertos causados por el bombardeo de la OTAN como castigo a la guerra en Kosovo? El silencio vago y el olvido han hecho ya su trabajo. Pero lo que Handke hizo fue adelantarse en más de treinta años a aquel silencio, a aquella interesada veladura que imponían los informativos de antaño. Esto es lo que molestó y lo que hoy sigue molestando del autor.

Si somos honestos en la defensa de Peter Handke, diremos sin reservas que el escritor cometió más de alguna torpeza escénica en su posicionamiento. La asistencia al funeral de Milosevic en Belgrado -no obstante matizado y relatado por el propio autor- no hay que calificarla más que como lo que fue: una torpeza aguda. Tampoco han ayudado en muchos de sus libros (los aquí ya referidos) ciertos pasajes digresivos o elípticos, en exceso alambicados, fruto de una obsesión desmandada por querer mantener la distancia entre la imagen y el lenguaje, la realidad y la inviolable torre de marfil del escritor. El Peter Handke más digresivo suele irritar a muchos lectores (incluidos sus partidarios).

Cuando Handke publicó su Justicia para Serbia Salman Rushdie lo llamó "idiota del año" (un título soberano que, si aplicamos la democracia en su estricto sentido, también podría haber recaído en él mismo en algún que otro año). Hoy la lapidación continúa. El filósofo Slavoj Zizek lo tacha de "apologeta de crímenes de guerra". Y nuestro admirado escritor bosnio Aleksandar Hemon lo llama "el Bob Dylan de los apologetas del genocidio". Desde esta modestísima tribuna sólo elevamos la duda a la categoría de exculpación.

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