Tribuna

Emilio Jesús Rodríguez-Villegas

Abogado

Barbarie en las calles

Cualquier iniciativa honesta, anhelante de una sociedad mejor y más justa, no puede construirse sobre la sangre del que, ajeno al loco estallido de barbarie, deambula por la calle

Barbarie en las calles Barbarie en las calles

Barbarie en las calles

Necesitamos creer que pisamos sobre firme. Se nos hace difícil sentirnos nómadas errantes sobre un suelo inestable y mutable. Una potencia europea principal como la monarquía austrohúngara de los Habsburgos, cuya capital, Viena, bimilenaria y supranacional, fue un foco de atracción y de referencia cultural; se vio barrida del mapa y ciudadanos ilustres, como Stefan Zweig, condenados a perder una patria en un contexto de violencia y guerras aborrecible y odioso. Ninguna organización creada e integrada por personas es eterna. Ahora, en nuestra propia casa, sísmicas sacudidas amenazan con quebrar el statu quo social, y la violencia, aunque nunca renuncia a un lugar privativo, ya que se halla imbricada en el cuerpo social, indisociable de la naturaleza humana, se hace presente, ruidosamente, en las ciudades en manos de jóvenes nacidos, alimentados y educados en el mismo seno de la sociedad a la que atacan, quizás huérfanos de referentes morales.

Lo "normal" sería pensar que la subversión violenta, la llamarada intensa de vocación aniquiladora, viene de lejos, del enemigo que no comparte nuestras normas, nuestros valores, nuestro consenso: del otro hostil y ajeno. Por eso, cuando vemos en nuestras calles la violencia en un estado primario, a jóvenes que, en circunstancias normales, patearían esas mismas calles de camino a su lugar de estudios, de ocio o de trabajo -seguramente pocos de ellos-, no haciendo uso de sus derechos civiles, sino arremetiendo contra el patrimonio común y privado, agrediendo, saqueando o incendiando, un sombrío desconcierto nos conmueve.

Asistimos a estos estallidos iracundos de violencia debatiéndonos entre la estupefacción y el estremecimiento al ver amenazadas nuestras vidas ordinarias, sostenidas sobre la certeza de lo conocido, de lo previsible -incluso de lo aburrido-.

Nos toca interrogarnos acerca del porqué de esa violencia gratuita y desproporcionada, de las agresiones físicas inesperadas e injustificadas. Mas, no podemos ignorar que toda civilización produce su propia barbarie sustentada en mecanismos irracionales que se eternizan embutidos en su propia esencia y que la hacen estallar estrepitosamente cuando menos se espera.

La violencia puede presentarse con distintas vestiduras. La violencia política es, por definición, insurgente, transgresora y, a veces, revolucionaria; concebida siempre como un instrumento para conseguir un fin. También hay una violencia como fin. Ante su presencia, basculamos entre la condena y la justificación. Hablamos de violencia buena o mala, justa o injusta, legítima e ilegítima. La violencia sólo puede estar en manos del Estado para que ejerza, como señaló Max Weber, su monopolio legítimamente. Operan como límite a ella los derechos humanos, por lo que resulta un auténtico sarcasmo invocarlos a gritos mientras se violentan. Pero, por otra parte, a la luz de los últimos acontecimientos vividos en varias ciudades, nos queda la razonable duda de si estaremos asistiendo a un ejercicio de violencia frívolo e inane, puesto que, dentro del siempre inadmisible despliegue del violento, es difícil ver alguna lógica en el saqueo de tiendas de ropa de lujo, de productos electrónicos de alta gama o del incendio del quiosco de prensa, siempre grabados como testimonio de la "valiente" y "virtuosa" acción con el inevitable smartphone que dará fe de la "hazaña".

Cualquier iniciativa honesta, anhelante de una sociedad mejor y más justa, no puede construirse sobre la sangre del que, ajeno al loco estallido de barbarie, deambula por la vía pública, del dolor del policía que es vapuleado con saña por una horda de enajenados, de la ruina del pequeño tendero que ve destrozado y saqueado su negocio o de la destrucción del patrimonio de todos. Glorificar la violencia no puede ser nunca una actitud éticamente fundamentada, sobre todo si recordamos las palabras de Mahatma Gandhi que nos advirtió del carácter inflacionario de la violencia, imposible de frenar cuando cabalga desbocada.

Los ciudadanos no podemos prescindir en nuestros comportamientos y decisiones sociales de la asunción de una actitud ética. Para Xabier Zubiri, el hombre es un animal de realidades, y, por ello, animal de posibilidades. Consecuentemente, la ética es la realización vital del ser humano cuando se ve obligado a elegir entre diferentes alternativas. Así, ante el espectáculo de la violencia, no se puede asistir pasivamente, nos es obligado tomar posición. Observar impasiblemente el ejercicio de la brutalidad acompasado de un proceso deshumanizador y de la cosificación de las víctimas dirige a un panorama social nada halagüeño.

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