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Mensaje en la botella

Una voz para el campo

Las dificultades del sector también son las nuestras. Sin alimentos, no hay vida

El campo cordobés lanza un nuevo SOS. En esta ocasión, han sido los citricultores de la Vega del Guadalquivir los que han levantado la voz de alarma y lo han hecho, de la mano de Asaja, mediante el reparto gratuito de 6.000 kilogramos de naranjas en el Bulevar, una cita que congregó a cientos de personas que, pacientemente, esperaron su turno para recoger una bolsa con un buen puñado de fruta. No es la primera vez que esto sucede en Córdoba y a la memoria me viene la distribución hace unos años de leche para alertar de que los bajos precios estaban hundiendo al sector. En esta Córdoba nuestra tenemos un problema -uno más- muy importante, que no es otro que el no habernos tomado nunca en serio nuestra agricultura. Siempre hemos tenido la tentación de pensar que eso eran cosas de la gente de los pueblos y de los agricultores, que siempre están llorando por las esquinas y quejándose de si llueve mucho o poco, si hace frío o calor o si los chinos venden más barato y cuelan su producción en nuestros mercados.

Algo de cierto hay en todo ello, pero también mucha demagogia y desinformación, hasta el punto de que se ha creado una especie de trampantojo que nos ha hecho pensar que aquí es todo coser y cantar, que el agricultor vive cómodamente de sus subvenciones y que especula cada vez que puede con sus productos. Hemos visto el campo como el problema de otros, sin reparar que sin ese sector mal llamado primario no podemos sobrevivir. Agricultura es simple y llanamente alimentación, acción básica que sustenta -o debería- a miles de millones de personas en este planeta. Por ello, sus dificultades son también las nuestras y su sostenibilidad, una garantía de futuro para todos. Sin alimentos, no hay vida. Así de crudo.

Ése es el concepto básico, si bien luego está la realidad. En primer lugar, los propios productores no son conscientes de su papel en la cadena de la vida y no han sido capaces de autoconvencerse de ello. A ello hay que sumar que tampoco han sabido unirse en los momentos de mayor dificultad y se han echado en brazos de organizaciones que, si bien sus principios fundamentales son intachables, se han dedicado a jugar a la política y a coquetear con los poderosos con fines demasiado sospechosos.

Y luego están los que deciden sobre los mercados. No saben ni lo que es un terrón de tierra, pero se dedican a especular con el futuro de millones de familias, de productores y de consumidores. Las leyes que regulen unos precios justos han brillado por su ausencia y los vergonzosos mercados a futuro deciden hoy en cualquier lugar del planeta lo que costará mañana un kilo de naranjas, por poner un ejemplo, en Córdoba. Y ese es el panorama. Soluciones, hay. Y llegarán a buen seguro. Que el problema se arregle más pronto que tarde también es una responsabilidad de la sociedad. El campo es cosa de todos. A ver si nos enteramos.

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