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Alfonso Guerra, un fascista de cuidado para la nueva izquierda, acaba de revelarnos otro dato que evidencia la lamentable politización de nuestro Tribunal Constitucional. Cuenta Guerra que, en vísperas de la decisión sobre la constitucionalidad de la Ley de Violencia de Género (una norma que castiga los ilícitos de forma distinta según los cometa un hombre o una mujer), el entonces presidente del TC le reconoció su obvia inconstitucionalidad. Bendecida finalmente tal ley por el Alto Tribunal, don Alfonso le pregunto al mismo presidente qué había ocurrido. Éste no tuvo pudor en reconocerle que recibieron "enormes presiones". El relato abre interrogantes fundamentales: ¿presiones de quién?; ¿resuelve el TC los asuntos según los dictados del Ejecutivo de turno?; ¿para qué demonios sirve un árbitro tan sensible y tan débil frente a los vientos del poder?; ¿de verdad existe en España una última instancia objetiva y de voluntad propia e inquebrantable que garantiza nuestros derechos básicos?

Por desgracia, la respuesta es no. El TC es una institución influenciable, integrada por miembros que eligen los partidos, organizada en bloques ideológicos y cuyas sentencias suelen responder más a criterios de conveniencia política que a razonamientos jurídicos y de legalidad.

El mal no es de hoy, ni procede de una sola trinchera. Todas las formaciones han participado en su invalidante diseño. Desde el bochornoso fallo sobre la expropiación de Rumasa, el TC tiene abierta una brecha por la que, cesión a cesión, viene perdiendo credibilidad y prestigio.

En estos días, y con ocasión del recurso de Oriol Junqueras, hemos asistido a la enésima pantomima. La tradicional unanimidad ha saltado por los aires: tres magistrados de los llamados "progresistas" han discrepado del criterio mayoritario. ¿Casualidad? Lo dudo. La posición oportuna de estos tres magistrados allana el camino en la negociación de Sánchez con Esquerra para alcanzar la investidura. También oxigena al independentismo y pone a los pies de los caballos a la Justicia española ante Europa. Pero eso, ¿a quién le importa ahora?

Alguien ha afirmado que el Tribunal Constitucional ha muerto. No seré yo quien le quite la razón: infectado desde la cuna, estructuralmente contaminado, solícito siempre a la voz de su amo, el garante mutó en coartada. A mayor gloria de cuantos jamás creyeron en los imprescindibles contrapesos de una auténtica democracia.

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