Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

De qué vivimos

La inmensa mayor parte de los ingresos del Estado provienen de las rentas del trabajo (IRPF, algo menos del 40% del total) y del consumo e inversión de personas y empresas (IVA, un 33%). Las rentas de las empresas contribuyen con un 12% a la causa fiscal pública, por un contrato social no escrito por el que quien emplea recibe a cambio de tal función económica vital una capacidad mayor de deducirse y desgravarse: un incentivo privado que, a la postre, es también vital para todos. Para nutrir las arcas comunes, hay tres tipos de contribuyentes. Los primeros pagan religiosamente y sin poder rechistar una parte de su nómina, todos los impuestos locales o estatales que les son de aplicación, más un porcentaje de cada compra o gasto en el que incurran, en general el 21%. Los segundos, las empresas y autónomos empleadores, pagan salarios y cotizaciones sociales de los primeros, y un porcentaje variable de sus propios beneficios. Los terceros no pagan, por evasión o por pobreza, impuestos: en un 20% de nuestra economía se estima la llamada "sumergida", en cuya categoría están los maleantes, pero también los más desfavorecidos. No pocos defraudadores odian al Estado. Normal.

Intentar pagar los menores impuestos posibles es natural. Que alguien pague -y perciba- por una chapuza doméstica o por limpiar escaleras y casas ajenas una cantidad en billetes y sin factura es algo digno de indulgencia; es incluso una contraprestación socialmente higiénica en un estado de cosas en el que lo mejor colisiona con lo justo. Que una empresa -o una familia- haga ingeniería fiscaldentro de la legalidad es también aceptable: es legal. Quienes abominan en sus púlpitos contra empleadores de miles de personas por hacer donaciones que les dan relevancia y les otorgan desgravaciones son demagogos, lleven a o no ropa de Zara cada temporada, a veinte euros el pantalón chino molón. Las formas y la ley son la moral, a falta de los principios. Si algo se ha puesto en evidencia de forma descarnada en las vigentes crisis y recesión es que la economía privada, la empresa grande, mediana y pequeña, es la base del resurgimiento económico, y la pública es el ancla de una economía zozobrante. Ambas son necesarias, pero si el IRPF es la base de los ingresos de la Sanidad y la Educación nacionales, el fomento de la machacada economía empresarial debe ser el objetivo prioritario de nuestra política. Sin las entradas en la caja común de sus contribuciones directas e indirectas por cotizaciones, IRPF e IVA del consumo de los empleados, la casa se viene abajo.

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