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Crónica Personal

Cada vez más enredados

En las elecciones en Cataluña habrá tal guirigay de siglas que será difícil saber a quién corresponde cada papeleta

Ahora resulta que Puigdemont no quiere saber nada de JxCat, tampoco nada del PDeCAT, no le gustan la CUP ni la ANC, anda a tortas con Junqueras y la ERC, no se habla con la práctica totalidad de los dirigentes independentistas que defienden distintas siglas y anda regular con Torra, al que colocó al frente de la Generalitat aunque sabía de antemano que no tenía biografía, ni mucho menos cabeza. Lo utilizó como testaferro político durante mucho tiempo hasta que comprendió el fugado de Waterloo que era tanto el descrédito de Torra que empezaba a contaminarle su cercanía porque le convertía en cómplice de su mediocridad.

A Torra le esperan los tribunales, y es muy probable que le condenen a inhabilitación. Puigdemont le ha presionado, sin éxito, para que dejara la Presidencia de la Generalitat, pero se encontraron los dos, Torra y Puigdemont, que su dimisión suponía que accedería a la Presidencia el vicepresidente Pere Aragonès, de ERC. No lo querían ver ni en pintura, así que Torra resiste hasta que le llegue la inhabilitación, cuando convocará elecciones en otoño o principios del 2021, en las que habrá tal guirigay de siglas, tal enredo de candidatos, que será difícil que los votantes sepan a quién corresponde cada papeleta. Con el agravante de que Puigdemont en ningún caso sería presidente en el caso de que su partido fuera el más votado y alcanzara los necesarios pactos para superar la investidura, porque sería detenido en cuanto pisara tierra española.

En ese escenario demencial, la Generalitat concede el tercer grado a los dirigentes que proclamaron la independencia de Cataluña -solo duró dos o tres minutos, se acobardaron rápido- y convocaron después un referéndum ilegal, por lo que fueron acusados de sedición gracias a la bondad de la Abogacía General del Estado del Gobierno Sánchez, que cambió el delito de rebelión por el de sedición ante la indignación de los fiscales. Esos dirigentes presos sólo tendrán que dormir en la cárcel. Son las consecuencias de haber sido excesivamente generoso con las transferencias a Cataluña. Las penitenciarias, en 1983.

Lo único bueno del maldito Covid-19 es que provocó que durante unos meses el problema catalán dejara de ser relevante, no importaba nada ante la Gran Tragedia. Superado el confinamiento aunque la pandemia sigue su camino implacable, Puigdemont reaparece creando un nuevo partido -y van…- y la Generalitat dando una alegría a los independentistas presos.

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