Aspirar a ser valiente puede ser una pretensión excesivamente ambiciosa. Ser valiente y enfrentarse a las cosas, al estado de las cosas, a los tuyos y a los contrarios, al compañero y al enemigo, no es lo fácil ni lo habitual. Ser valiente para denunciar lo injusto, para contar realidades inadmisibles. Valiente para hacer. Ser valiente ni siquiera es un valor a tener en cuenta por casi nadie y en casi ningún sitio.

En la teoría, en lo abstracto y en lo ideal, el discurso es otro, parece que ser valiente se da por hecho, que no computa, que solo descuenta y desmerece la cobardía y exclusivamente cuando esta se hace demasiado obvia.

Tomando como parámetros sujetos a los que quiero, amigos a los que admiro, le tomé el pulso a esto de la valentía y de lo irremediable de dejar de serlo o de desistir del propósito de llegar a serlo; el uno me ponía por delante la cobardía de todos, la suya, la mía, la del político, la del ciudadano. El otro, por valiente, evidenciaba con hechos irrefutables lo incómodo de serlo. Al valiente se le esquiva y se le ignora hasta el hiriente desprecio, hasta la soledad.

Basta echar un vistazo al ring de la gestión de lo de todos, que en política, ya nos decía ayer en estas páginas Lourdes Chaparro, parece que lo que funciona es eso de Mejor decide tú, que el gobierno central no se va a mojar, que mejor por comunidades, que aquí lo único que hemos constatado es que Valeria Delgado ya no nos canta, que parece ser que es ella la que reparte covid por las calles, y eso ha sido el top de la valentía en la semana local, con la música a otra parte, nos contaba con maestría Noelia Santos en su última Vereda Liviana.

Ahora que cuesta encontrar referentes y que estos se mantengan en el cargo, constatamos la tendencia a la mediocridad, las medias tintas, las fullerías, lo cobarde, el bienquedaísmo por encima de mucho, por encima de más de lo admisible. Que arriesgar es demasiado, que jugársela e indagar en algo, profundizar en mucho y hacer, no conduce a nada confortable.

Cerca de la fecha natural de los buenos propósitos, de las buenas intenciones, podríamos no escurrir el bulto y hacer la crítica no solo a algunos, concebirnos cobardes y pusilánimes y querer corregirlo y, si la autoexigencia es demasiado, deberíamos oír a Sabina, y al menos meter en la lista de deseos que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena.

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