Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

El turista accidentado

Intentado retratar el arte moderno, turista y 'smartphone' acabaron tirados a un pozo

Es dura la vida del turista del XXI. Sobre todo, si lo es en grupo, con la obsesión que las pandillas descolocadas tienen por visitarlo todo y llenar el programa de sitios donde ver -de mirar, lo justo- cuadros, plazas, ocasos, torres y paisajes a través del visor del móvil. Corriendo el riesgo de quedarse tirado en un aeropuerto o el no menor de llegar a un alojamiento que resulta ser un mangazo de manual. Con la obsesión que desarrollan las pandillas por el plan de comidas diario. Un circuito italiano, praguense con combinado aquescino (que así de enigmático es el gentilicio de Budapest) o una aventura asiática donde en vez de tablaos te montas en un elefante al que nunca subió un nativo pueden ser mucho más disfrutados una vez a salvo en casita que durante la semana o quincena de marras, de gira, vestido como nunca vistes en casa (como esos rubios anglos o nórdicos que creen que venir a España es ataviarse con un calzón, unas chanclas, los tatuajes de rigor y la botella de agua). Tengo para mí que, a diferencia del turista, al viajero -alguno quedará- lo delata que viste un calzado con toda la pinta de ser el que usa en su lugar de origen. Complementariamente, un turista llenará el troley con dimensiones Ryanair de cosas que no suele usar. Y Decathlon ingresa tanto o más por turistas low cost que por deportistas. Ahí dejamos esas sospechas no faltas de fundamento.

Esta semana hemos sabido de un turista que se ha caído en un museo de Oporto por una especie de pozo con el que un reputado artista contemporáneo, Anish Kapoor, participaba en una muestra. Me da a mí mucho en la nariz que el herido -acabó en el hospital- era todo menos aficionado al arte, y me malicio que bien pudiera ser uno de esos que despotrican del arte abstracto o no convencional, aunque el figurativo y convencional le han importado un comino toda su vida: "Una leche va ser eso arte, esto es un quedo; ponle a un niño un Velázquez o un buen bodegón y verás tú si lo entiende". Tras guardarse la cola de hora y media digiriendo el desayuno buffet, qué menos que indagar en las tripas del pozo ese rarísimo. Por supuesto, y apuesto doble contra sencillo, el Calvo Serraller de ocasión en sandalias de alta expresión escrutaba la instalación de Kampoor con el smartphone en ristre. Es un hecho que muchos móviles acaban en un váter por la compulsividad de usarlo incluso durante una actividad en el fondo compleja como la de liberar el vientre. Este pobre turista, aguerrido pero digno de compasión, se cayó al pozo. "El turista que me diste lo tiré a un pozo". Qué arte más grande.

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