Mensaje en la botella

El triunfalismo en educación es un riesgo

Las cosas cambian. Eso es evidente, pero según se mire lo hacen en mayor o menor proporción. Es lo que está pasando estos días con la vuelta al cole, esa situación que cada año afecta a miles de familias, cuyos hijos e hijas tienen que entrar en las guarderías, los centros de Infantil y Primaria o los institutos de Secundaria. No obstante, hay un aspecto que permanece inalterable en el tiempo, como es el triunfalismos de los gestores de la enseñanza pública -en este caso la Junta de Andalucía-, a los que parece (con este gobierno y con el anterior) que les tenemos que dar las gracias por -simple y llanamente- cumplir con su obligación, que no es otra que los jóvenes de esta tierra cuenten con una educación pública y de calidad. He leído y escuchado atentamente lo dicho estos días por el consejero, Javier Imbroda, y me reafirmo en lo dicho, en que lanzar un mensaje de autoelogio por el solo hecho de satisfacer el mandato que le hemos dado los ciudadanos, tiene sus riesgos. Cierto es que desde Educación se han adoptado algunas decisiones de sentido común, que ahora se venden como si fueran la panacea, pero que se llevan demandando desde hace años.

Me refiero, por ejemplo, a la reducción del número de alumnos por aula en Infantil y Primaria, una petición que los docentes han reclamado en muchas ocasiones y que debe tener su repercusión en la calidad de la enseñanza, a lo que habría que sumar el refuerzo con más profesionales en la clases para que la atención al alumnado sea lo más personalizada posible. Repito que es algo que estaba en el manual reivindicativo de los maestros y profesores y ahora parece que, aunque de manera tibia, se les quiere hacer caso.

Dice el ínclito consejero que pretende también mejorar el servicio de inspección educativo y, para ello, reunió a los profesionales del ramo en Córdoba el pasado jueves. Y aquí sí lo va a tener difícil, porque es urgente que los inspectores funcionen de verdad como un sistema de control de la educación pública, con personal comprometido y que se dedique -como dijo Imbroda- a conocer más lo que pasa en las aulas en lugar de -esto lo digo yo- cargar de burocracia a los docentes y eludir responsabilidades. Trabajo tiene por delante, sin duda.

Y luego están las familias, esas que también tienen la tarea de fiscalizar el sistema y reivindicar no solo para que se cumpla con lo prometido, sino que además se haga de manera eficiente. Aquí hay que reconocer que la Consejería de Educación todavía no está a la altura y, visto lo visto, parece que tardará. Cierto es que a veces puede haber excesos en las demandas de las madres y padres, pero los máximos responsables de Educación -y sus acólitos- no pueden ni deben dejar de escuchar la visión de los progenitores, porque ellos también forman parte de la comunidad educativa, aunque eso moleste a algunas. Y aquí estamos ahora, en el inicio de curso. Repito que posicionarse en el triunfalismo es peligroso, porque si luego no se cumplen las expectativas, la caída puede ser más dolorosa. Siempre queda la opción de ponerse de perfil, aunque para eso en Educación hay verdaderos expertos.

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