El año pasado pensé que sería buena idea dedicar la columna en el mes de agosto a los juegos florales, pasar de la agostada actualidad y dedicarle estas líneas a la apología del dolce far niente, y de los benditos gintonics enfriados con bolas de granizo como enésimo gesto irreverente. El año pasado pensé que sería buena idea. El año pasado pensé. El año pasado. La tentación es fuerte y mi querencia al hedonismo ya se sabe, pero os miro a los cuatro y se impone el imperativo categórico. Hemos estado encerrados en un piso casi ciento cuarenta días los cinco, compartiendo diariamente nuestro hogar con tus más de ciento cuarenta alumnos, amor, y sus circunstancias, y día a día habéis acudido con alegría a cumplir generosamente con vuestro deber, mucho más allá de la obligación.

Porque una cosa es el deber y otra la obligación, y no hay mejor cosa que el deber cumplido, ni nada más oneroso que esos que van por ahí intentando obligar a los demás antes que a sí mismos, escurriendo el bulto de su deber sobre los hombros ajenos, que es lo que exactamente está haciendo el consejero -otra semana sin cesar, otra riada de votos perdidos por Cs-, veremos si a beneficio de inventario propio o cercano, que es la razón última de esta suerte de ventajistas, porque en esto Imbroda no está solo, pero se va a quedar. Casi cuatro lustros de profe consorte me dan para ver que hay, grosso modo, dos tipos de gentes que forman equipos directivos: uno, los que sacan ventaja -no somos compañeros, dijo uno- y manejan como pollos cortijeros, y dos, los que estando muy a gusto con su tiza, se cargan un centro sobre los hombros porque, uno, tienen un proyecto de instituto y quieren desarrollarlo -eso es gobierno-, y dos, jamás permitirían que ese espacio fuera ocupado por un manijero del tipo uno -eso es política, tan necesaria-.

Dice el pollo, con insultante chulería, ¿es que no van a ir a la playa, ni a comprar?, y se queda tan pancho. Ya no cuela: eso le funcionaba a los consejeros de Susan(tidad) -que dejó esto hecho unos zorros- porque la cadena de escurrebultos estaba perfectamente engrasada y salía a cuenta tragarse un sapo de vez en cuando; pero ni esto es un sapo, ni lo que queda de esa cadena obedece a los intereses del señor consejero, que es un aficionado -con poca afición, parece-, y debe garantizar las condiciones necesarias para que nuestros hijos y nuestros profes puedan desarrollar el curso sin bajas. Hay vidas en juego y los equipos directivos de todas las tipologías se están rebelando, los más por responsabilidad, los menos porque esta vez no les sale a cuenta tragarse el marrón que les echa el señorito de turno. Imbroda se ha quedado solo, es una carga pública amortizada, un lastre para su partido, un cadáver político que por dignidad podría evitarnos el lamentable espectáculo dimitiendo antes de que lo cesen.

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