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La peor hora

Cabe esperar del famoso pragmatismo británico que logre imponerse a la seducción de los aventureros

Releíamos por el puro placer de abandonarnos a sus paradojas la Breve historia de Inglaterra de Chesterton, precioso ensayo que da muchas cosas por sabidas -no es verdad que no contenga ni una sola fecha, como señalaba Borges, pero sí que son muy pocas- y obliga a consultar en otros lugares los hitos convencionales o los hechos y la trayectoria de personajes no tan familiares para los lectores no británicos, y no podíamos evitar pensar que el actual premier es hasta cierto punto un producto característico del culto insular a la excentricidad, que ha tenido encarnaciones regocijantes y otras, como es el caso, más bien desastrosas. Resulta especialmente vano o hasta patético su intento por asimilarse a la figura de Churchill, que como su ínfimo admirador fue en efecto un hombre extravagante, pero cuya estatura lo sitúa a años luz del mediocre líder populista. La diferencia entre ambos sería la que media entre un excelente orador de impecable retórica, que supo unir a los ingleses y a sus aliados con un discurso de resistencia en el más difícil de los tiempos posibles, por él definidos como "la mejor hora", y las bravatas de un charlatán que ha hecho todo lo contrario: dividir y malmeter hasta poner en peligro el secular pacto entre las naciones que conforman el reino y la estabilidad de todo el continente. En nada se aprecia esa distancia mejor que en su desprecio del Parlamento, la institución por excelencia -más sagrada e intocable que la propia monarquía- de la vieja democracia inglesa, que pudo condescender al regicidio pero jamás cuestionó la autoridad de los Comunes. De la minuciosa biografía de Roy Jenkins recordamos que hubo jornadas en las que el arrojado primer ministro, en lo más comprometido del blitz, se veía obligado por diputados casi anónimos a tratar durante horas de las reses o las hortalizas de un condado cualquiera. Hay por desgracia quienes apoyan a Johnson, como entre nosotros los euroescépticos sin complejos, pero la gran tradición conservadora no merece estar representada por un penoso histrión que pone en ridículo a su partido y al país entero, al borde de una crisis de resultados imprevisibles. Más caricaturesco que dramático, el antiguo alcalde de Londres se parece no tanto a sir Winston como a su teórico rival y ahora medio aliado el incalificable Farage, que no desentonaría como meritorio en un circo de tercera. Cabe esperar del famoso pragmatismo británico que logre imponerse a la seducción de los aventureros y recupere la cordura a tiempo, porque sería triste que una historia tan cuajada de nombres ilustres les diera, a los dos bufones, un espacio que rebase la nota a pie de página.

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