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Ojo de pez

Pablo Bujalance

pbujalance@malagahoy.es

Un paracaídas

Si llueven piedras en el tejado del bando contrario, hay que ser idiota para no aprovechar la ocasión y hacer escarnio

Transcurrieron aproximadamente dos segundos entre el incidente sufrido por el paracaidista Luis Fernando Pozo en el desfile de la Fiesta Nacional y el despliegue generoso en las redes sociales chistes, memes y demás disparos primarios contra un objetivo francamente fácil. Dado que el cabo primero portaba la bandera de España, la barra libre para ciscarse en el Estado, el Rey y todo lo demás quedó abierta a la salud de muchos. Y no deja de asombrarme el modo en que las etiquetas que nos cuelgan nos preceden en todas y cada una de nuestras intervenciones: no en vano, Pedro Sánchez había sido ya convenientemente abucheado, ejercicio que ya sale a devolver, y hasta Rafael Hernando tardaría el tiempo preciso en la consumición del vermú para acusarle del golpe contra la farola, por gafe. Es fácil: si llueven piedras en el tejado del bando contrario, hay que ser idiota para no aprovechar la ocasión y hacer escarnio. Antiguamente cabía la sospecha de que igual el bando contrario tenía razón y el tuyo no, pero hoy las convicciones ciegas entrañan el único modo de ascenso social. En éstas, entre todas las burlas, llegó la hora del saludo oficial. Y la atención llena de afecto que los Reyes prodigaron entonces al paracaidista, visiblemente tocado, dejó claras, al fin, algunas cuestiones urgentes. Sí: los Reyes.

Porque fueron ellos, Sus Majestades, los que con aquel gesto devolvieron al Estado algo mucho más importante que los símbolos (me contaba en una entrevista Fernando Savater que las enseñas son tales: símbolos. Y que cumplen la misma función de otros símbolos como los semáforos. Puede haber alguien tan entusiasta como para llevarse un semáforo y colgarlo en el balcón de su casa, pero no están pensados para eso), la liturgia, la bandera que se quedó colgada, los pechos henchidos y la palabra España todo el día en la boca: la humanidad. En este tiempo de políticos incapaces, abonados al frentismo y el pandillismo fundamentalista para arañar un puñado de votos (Qué sorpresa que la izquierda pragmática de Íñigo Errejón considere necesario un referéndum pactado en Cataluña: no ha habido aún, parece, suficiente división), vienen los Reyes y mandan el protocolo a hacer gárgaras con tal de reconfortar a un hombre que las está pasando canutas. Y entonces, yo, que desde tengo uso de razón procuro esquivar todo lo que huela a desfile y bandera, pienso que, si nos lo permitieran, votaría sin dudarlo a don Felipe y doña Letizia. Para lo que sea.

Y que, mientras tanto, están bien donde están: estos Reyes son la mejor garantía de nuestra República. Que duren.

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