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El país de Pla

No sé si Pla soñó con una Cataluña independiente, pero me consta que no goza de los favores de los que así piensan

Algo más de un año estuve viviendo en Cataluña y trabajé como médico en un pueblo a pocos kilómetros de Barcelona. Previamente había estado en Figueras y pude comprobar que poco tenía que ver una cosa con la otra. La capital del Alto Ampurdán estaba poblada en su mayoría por catalanes de origen que hablaban siempre catalán, incluso los de más edad eran incapaces de articular tres palabras seguidas en castellano. El pueblo de Barcelona, en cambio, estaba habitado en su mayoría por andaluces y castellanos que sabían decir adéu y poco más. Me refiero a treinta años atrás y todo ha cambiado notablemente. Los años de adoctrinamiento no han pasado en balde.

Durante aquellos años, luego lo he seguido haciendo, leí El cuaderno gris y otras obras de Pla como Viaje en autobús o El payés y su mundo. Vuelvo de vez en cuando al Ampurdán donde hice amigos para toda la vida y compruebo que el paisaje sigue siendo el mismo, pero el paisanaje ha cambiado notablemente. Un tercio de la población de Figueras es de raza negra y magrebíes, al tiempo que no se ve una sola palabra en castellano y las esteladas proliferan por todas partes. No sé si soy bien recibido en pequeños pueblos alejados o seré yo el que lo piensa, pero intuyo cierto recelo que nunca había notado como consecuencia del crispado ambiente en el que vivimos.

Cuando Pla decía el meu país no se refería a Cataluña, sino a su microcosmos al sur de los Pirineos que tenía como base su Palafrugell natal y su masía de Llofriu. Una Cataluña profunda en la que el socarrón escritor se sentía ciudadano del mundo. Prolífico autor en catalán y viajero incansable, siempre regresaba a su Mas Pla o a Cadaqués, a la casita en la que vivía Consuelo, su amante, y a la que se refería en sus cartas como el nostre niu.

Pocas zonas hay en la península de mayor belleza que el Ampurdán. Pueblos pequeños como Cabanes, Pontós, Capmany o San Miguel de Fluviá rodeados de masías e iglesias románicas que le dan un aire culto a la vez que rural y me transportan a la Toscana o la Provenza. No sé si Pla soñó alguna vez con una Cataluña independiente, pero me consta que no goza de los favores de los que así piensan. Caso diferente es el de Dalí, ampurdanés nacido en Figueras que sí les cae bien, a pesar de que dejase como heredero universal al estado español, pero cuyo museo atrae a numerosos turistas. Ascolta noi, la pela es la pela.

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