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Una nueva tiranía

Se percibe un giro autoritario, un cansancio de ser libres que parece responder a la nostalgia de los poderes fuertes

De un tiempo a esta parte, se diría que vivimos uno de esos periodos de aceleración de la Historia en los que una conjunción de elementos imprevistos o imprevisibles desemboca si no en un corte brusco, pues los resultados están todavía por ver, en una era distinta en la que las certidumbres de antaño ya no tienen cabida. El mundo es más pequeño que nunca, pero a efectos de geopolítica el centro de gravedad parece que se desplaza del Viejo Continente -o de ese Atlántico norte que dio nombre a la decaída alianza con la América anglosajona, potencia hegemónica del siglo pasado- a otras zonas del planeta cuyo creciente peso económico, sumado a la fuerza de la demografía, reclama cuotas de poder acordes a su pujanza.

Desde los ochenta se habla de un eje Asia-Pacífico que relegará a los europeos a una posición marginal o mucho menos relevante de la que han ocupado en los últimos milenios, aunque en las antiguas cartografías no siempre era el Mediterráneo -al que las proyecciones donde se tienen en cuenta las secuelas del cambio climático auguran un futuro complicado- el espacio de referencia. Algunos historiadores sostienen que de hecho ese espacio habría que buscarlo más al Oriente, pero no se trata sólo -aunque también- de una cuestión geográfica. De niños leímos en algún tebeo una recreación de las consecuencias que tendría -las heladas tierras del norte convertidas en vergeles- la alteración de la corriente del Golfo, y por lo que dicen no es tan improbable esa imagen de los bálticos o los groenlandeses retozando entre sombrillas.

Imposible imaginar cómo será el siglo que no veremos, pero los próximos años o décadas no se presentan fáciles y la actualidad, que está como desbocada, no deja demasiado margen para el optimismo. Se percibe de fondo un giro autoritario, un cansancio de ser libres que parece responder a la nostalgia de los poderes fuertes, asentados en países de pasado imperial como Rusia, Persia, Turquía o China en los que se miran ahora quienes desean secretamente la sumisión o aspiran, si se trata de los líderes, al caudillaje. Como los romanos decadentes en el famoso poema de Cavafis, muchos ciudadanos confusos o desengañados esperan que los bárbaros, temidos y a la vez anhelados, aporten una cierta solución a sus problemas. Invocan la llegada de salvadores o de gobernantes sin ataduras y acaso no sean conscientes de que lo que están propiciando es, como escribió también el alejandrino, una nueva tiranía.

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