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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Todos los niños crecen excepto uno

Algo hacemos mal para que sólo unos pocos adultos, los artistas, conserven los dones de la infancia

Así empiezan algunas de mis novelas más queridas: "Por dos dedos, quizá un poco más, no superaba el metro ochenta, era de complexión fuerte y avanzaba hacia uno con paso firme…"; "El primer rayo de luz que hiere la penumbra y convierte en claridad cegadora las tinieblas que parecían envolver los primeros tiempos de la vida pública de…"; "Mucho tiempo he estado acostándome temprano…"; "Hacia las tres de la tarde, Bessie Popkin comenzó a prepararse para salir a la calle. Salir de casa comportaba muchas dificultades y problemas, especialmente en los ardientes días de verano…". Pero ninguno me conmueve como este: "Todos los niños crecen, excepto uno. No tardan en saber que van a crecer y Wendy lo supo de la siguiente manera. Un día, cuando tenía dos años, estaba jugando en un jardín, arrancó una flor y corrió hasta su madre con ella. Supongo que debía estar encantadora, ya que la señora Darling se llevó la mano al corazón y exclamó: ¡Oh, por qué no podrás quedarte así para siempre!".

Es un libro tenido por infantil. Un error, porque sólo se comprende cuando se es padre y se va viendo, no sin melancolía, cómo, conforme el proceso educativo y la socialización avanzan, los niños van perdiendo esa desmesura emocional en la alegría y la tristeza, ese brillo en los ojos, esa desarmante sinceridad en los besos y los abrazos, esa ternura que les hace tan vulnerables, esa risa de cristal y esas lágrimas puras, ese gusto por el juego y esa creatividad. Todos los niños juegan, pintan, cantan, se asombran ante lo que los adultos no ven (otra obra muy querida: "Las personas mayores me aconsejaron abandonar el dibujo de serpientes boas, ya fueran abiertas o cerradas, y poner más interés en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. De esta manera a la edad de seis años abandoné una magnífica carrera de pintor").

Algo hacemos mal para que sólo unos pocos adultos, los artistas, conserven estos dones en el gozo o el dolor. Picasso dijo que le llevó una vida aprender a dibujar como un niño; Fellini, que ignoraba qué era ser un adulto, y Rilke, que la verdadera patria del hombre es la infancia. Lo aprendí cuando fui padre. Y lo siento ahora cuando veo la sonrisa luminosa y el brillo limpio de los ojos de mi nieta. Ojalá conserve siempre en ella la niña que es. A la Macarena, guardiana de la fuerza de lo frágil, la eternidad de lo fugaz y la grandeza de lo pequeño, se lo pido.

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