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Algo se mueve en el flamenco

Hay tradiciones que sólo se salvan si se convierten en espectáculo y cuando éste reina, manda el que paga

Se ha abierto un compás de tensiones y esperas. Y harán falta trabajos de campo en los escenarios, escuchar a nuevos creadores, afinar criterios y revisar viejas teorías porque el flamenco se mueve. Lo cual puede ser buen indicio para el propio flamenco y para otras tradiciones andaluzas que necesitan airearse. El flamenco ha contado, desde sus inicios, con pautas que han permitido conservarlo y transmitirlo, gracias a circunstancias sociales que sólo en Andalucía se reunían. Como diría un castizo: fue un milagro. Pero hay tradiciones que sólo se salvan si se convierten en espectáculo y cuando éste reina, manda irremediablemente el que paga. Sin embargo (y eso es parte del milagro), la conversión del flamenco en espectáculo, hasta ahora, ha funcionado bien. Se inventaron unas esencias: lo gitano, lo jondo, el duende, que permitía diferenciar entre lo puro, lo auténtico, lo liviano, los falsos pretendientes y lo aflamencado. Estas distinciones (no muy nítidas) permitieron al público tener claros los valores que debían aplaudir. Al mismo tiempo, las esencias a salvaguardar también encontraron justificación en una rica literatura alimentada por una buena gama de escritores.

En las últimas décadas, figuras muy significativas se han atrevido, con cautela, a introducir, en los escenarios, cambios, fusiones y mezclas que el vigor creativo del flamenco ha ido acogiendo con suma naturalidad. Incluso se aceptó algo tan rompedor como la megafonía. Pero siempre las innovaciones guardaban un cierto respeto formal hacia antiguas vivencias. Había acomodación sin que nadie buscara aparentar ruptura. Ahora, la atmósfera parece cambiar. En estos últimos tiempos, aquel antiguo trato está a punto de diluirse. Llegan otros intérpretes, otros creadores, a los que les quedan lejos los orígenes, ritos de pasos, y respetos fundacionales. Vienen con otras cualidades y otras expectativas. Quieren apoyarse en el pasado, pero también experimentar sin pedir permiso, porque tampoco saben a quién. Ignoran quiénes tienen la llave y tampoco necesitan que les abran ninguna puerta. Arrastran una audacia distinta a la de sus padres. ¿Para enriquecer o para degradar el flamenco? Aún es pronto para deducirlo. Pero de todos modos, no es válida la reacción conservadora de ciertos guardianes celosos, al criticarles por "apropiarse algo que no es suyo". Por fortuna, desde hace más de dos siglos, el flamenco, como otros patrimonios culturales andaluces, está disponible para todos, basta con exigir que le den buena vida artística.

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