Juan Piqueras Cárcel empezó en la vida arando con un mulo. Era tan pequeño que se veía el mulo y la mancera del arado por encima de su cabecita de niño. Se hizo hombre y el mudo para no pegar tiros en lo que él llamaba sus siete años de mili. Luego se echó al monte. A cortar pinos que sacaba al principio con caballos y después con un Barreiros rotulado a mano en las puertas: Piqueras Maderas. Su hijo, que tenía una buena junta de zagales cada uno con su apodo -el Pibe, el Sastre, el Catufo, el Cheno...-, era el Maderas.

Al Maderas, que hizo grandes cosas en la vida que no vienen a cuento aquí en esta columna que lleva dos semanas sin leer y de la que tanto le gustaba presumir, se lo llevó el maldito virus con su hermano el sábado pasado. Llamaron del hospital a sus hijos para que fueran con urgencia a la UCI a despedirse, y a tiempo sólo llegué yo solo. Mostrador de información y para dentro. Calzas, bata, cubrepelo, mascarilla de las buenas, guantes de nitrilo y pantalla facial. La puerta del infierno es de doble hoja con un pequeño ojo de buey cada una, lo justo para ver si viene alguien de frente por el otro lado y no tropezar. Se trata de un infierno tecnológico de cuerpos amarrados a las máquinas que les meten y sacan gases y fluidos, donde un puñado de ángeles mal pagados y despreciados por los que los dirigen -Adrián, Francisco, Rosa, Emilio, gracias, gracias, gracias- se dejan el cuerpo y el alma intentando curarlos a todos sabiendo que se les van a morir más de la mitad.

No le deseo a nadie -bueno, a algunos sí- tener que ver en su crudeza el horror más absoluto; en su enorme humanidad el personal prepara una suerte de callejón de biombos, o quizás fueran cortinas, que desembocan en el lecho de tu ser querido, con la intención de preservar la intimidad de los que sufren sabiendo que van a morir, sin saber si se van a curar o en el limbo del tubo a merced más de la suerte que de la ciencia. Sé que jamás sabré si lo que allí pasó fue o no una despedida. Sé que al salir de allí yo ya no pensaba en ti, yo pensaba en Erika y en Clara y en todas las personas que hacen interminables turnos para salvar a unos pocos en un lugar donde el dolor se multiplica como en una matriz de abscisas y ordenadas, un sitio que derrumba al hombre más duro en menos de veinte minutos.

Ya sabíamos que en febrero se iban a saturar las morgues y los hornos crematorios no iban a dar abasto. Si las instituciones -que en España son los partidos que las tienen secuestradas, no otra cosa- no castigan con dureza este sálvese quien pueda y en vez de poner toda la capacidad instalada del país enfocada al único objetivo de vacunar con todas las vacunas que funcionan, a todas las horas, todos los días, en todos los sitios, a todo el mundo, siguen por la senda de degeneración que estamos viendo a diario desde hace un año, muy pronto no nos van a caber los muertos ni en los cementerios ni en los parques. Y no va a ser del virus.

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