Puede parecer que este país haya dejado de merecer la pena, pero no es cierto. La merece. Digo que puede parecer porque un día sí y otro también nos levantamos con un dato que nos bailan sin saber por qué, con una diputada que sube la apuesta en el casino del insulto, con un vicepresidente que desde el "gobierno que escucha" azuza tramas golpistas y remata en tono tabernario que no hay cojones, con tres empresas grandes que cierran o casi, con el dos por ciento más largo de la historia de las matemáticas para cobrar su ERTE, con príncipes fiesteros que la montan parda, con cacerolas, con banderas, con gualtrapas de gobierno y oposición, con lameculos del gobierno y de la oposición que teorizan sobre la equidistancia (apátrida o antiespañola, según el club) de quienes no hemos sido equidistantes en la puta vida y ya estamos hartos de las soflamas de unos y de otros y reclamamos cordura, sentido común, liderazgo y responsabilidad, con el descubrimiento triste de que la famélica legión es, de verdad, gente que tiene hambre. Y nos acostamos, y al otro día, más de lo mismo. Ya digo, puede parecer que haya dejado de merecer la pena, pero no. La merece.

Este país tiene gente buena en cada rincón. Mucha más que lo de arriba. La vemos cada día que un trabajador vuelve a su puesto, cada vez que un negocio sube la persiana, en cada esfuerzo callado que saca adelante lo que haga falta en una casa, en cada euro que es necesario y se gasta en la tienda de Pepe o de Mari, porque todos las hemos pasado canutas -y lo que te rondaré-, cada día que bajan las cifras de contagio porque la inmensa mayoría sigue cumpliendo con cabeza las normas de seguridad y prudencia, pero no abren titulares ni suscitan interés público, y en cada sanitario que se ha batido y se bate el cobre por todos. Y, además, aunque parezca mentira, porque en muchas plazas públicas (sin foto de portada ni delirios de grandeza) políticos imprescindibles de uno y otro signo hablan, acuerdan y actúan en beneficio de la comunidad, dando lo mejor que tienen hasta el extremo, para que esto pase lo antes posible de la mejor manera o de la menos mala. Tenemos focos concretos de pus (muy cargados, muy expuestos, muy vanidosos y muy relevantes) y, aunque tengan la capacidad de hacernos la puñeta, no deberían amargarnos la vida.

Este país tiene vergüenza. Y memoria. Y ganas. El final de su luto debe servir para construir sobre el dolor por los que ya no están una aspiración personal y una apuesta individual: partir de lo bueno de los que quedamos, prescindir de la palabrería y hacer. Si cada uno aprieta, sin que se lo pidan, sin que se lo reconozcan, multiplicaremos esas aspiraciones personales y las apuestas individuales para extender la dignidad que nos define a lo colectivo y a lo común. Haremos país. Y nos faltan muchos que lo hacían, por los que estamos de duelo. Se lo debemos. Y a nosotros.

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