Como la actualidad va a como un carburador Dell'Orto mal ajustado, vamos a rebobinar y vamos a traer de nuevo a la columna a Delano, y algunas palabritas suyas, e incluso algunos hechos, que son de interés, y para odiosa comparación con nuestras chatarreras tendencias hablaremos también de un par de maquinitas que han sido justamente valoradas por sus pueblos. Las manzanas delimitadas en Londres, por Exhibition, Cromwel, Queen's Gate, y al norte por el parque, bien valen más que una misa una semana; apuntamos hoy Museo de las Ciencias, que atesora una colección de artefactos voladores y de motores de aviones excepcional. Íbamos con la prole, Raquel y yo, y les llamó la atención mi admiración por un ejemplar en perfecto estado de Supermarine Spitfire que había participado en la Batalla de Inglaterra. ¿Cómo puede gustarte tanto, si es un arma, papá? Porque este avión disparaba libertad, hijos míos.

No lo entendieron entonces, pero como alguna ya me lee, lo vamos a enlazar aquí con el discurso de las cuatro libertades del bueno de Franklin dirigido al Congreso el 6 de enero de 1941, casi un año antes del ataque a Pearl Harbor, mientras la ultraderecha americana propagaba el America First que hoy triunfa con Trump. Roosevelt defendió como metas de posguerra cuatro libertades que cualquier persona debería disfrutar en cualquier lugar del mundo: libertad de expresión, libertad de culto, libertad frente a la miseria y libertad frente al miedo y además "[...] no es la visión de un milenio lejano. Es una base concreta para una clase de mundo alcanzable en nuestro propio tiempo y en nuestra generación". Los herederos de los que tenía enfrente, hoy en España, le hubieran llamado buenista -siempre he pensado que es mejor ser buenista que un hijo de perra sarnosa- pero Delano lo tuvo claro en todo momento: "Os enviaremos en cantidades cada vez mayores barcos, aviones, carros de combate y cañones. Éste es nuestro objetivo y nuestra promesa". Lo dijo y lo hizo. Luego, en la conferencia de Teherán, en el 43, basculó inteligentemente entre Churchill y Stalin, asegurándose la plena cooperación de la Unión Soviética y fijando fecha para la Operación Overlord, el desembarco en Francia ante el que Churchill, más interesado en el Imperio Británico, se mostraba reticente. Y ahí estuvo la clave de la victoria aliada, negoció y cedió lo necesario, supo escoger y acertó.

La Unión Soviética puso los tanques T34, que ahora en forma de monumento se pueden ver en muchos pueblos y ciudades en Rusia, a disparar libertad para Occidente, una libertad que el pueblo ruso no pudo disfrutar, por muchas razones, entre otras porque puso el mayor número de muertos en la contienda. Un respeto. Otros se hicieron de oro poniendo el wolframio para el blindaje de los Pánzer.

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