Verano, bikini, pareo, pudor. Gorra, flequillo, sombrero, fijador. Queridas, queridos, poco más que añadir. ¡Las miserias nos igualan! Llevamos años y años de lucha, conceptualizando la empatía, la equidad y, sin intención alguna de frivolizar, lo cierto es que al final, los que han tenido que venir para regalarnos el sentimiento igualitario, han sido ni más ni menos, que los complejos. Que ahora resulta que lo de la piscina y la playa viene a ser el mismo reto para unas y otros. Que ahora un mal ahogaíllo viene a ser nuestra llegada a la orilla, nuestro subir escalerillas. Que el re-atar pareo estratégico ha encontrado su espejo en el ahuecar flequillo al pisar ambos tierra firme. Que parecía que ese inspirar, ese saludar sin respirar, ese tirar de hipopresivos hasta ponerse morada no tenía parangón, pero en esta nueva era, ese maldecir al viento, ese terror al levante, la fobia al poniente, a todo lo que amenace con descubrir entradas tácticamente soterradas, definitivamente nos ha nivelado.

Que no digo yo que sea algo de ayer, que puede que de antes de ayer pero que hoy nos hace análogos por inseguridad. Mi padre ya decía que se había quedado calvo de balde, presumía de no haber invertido ni un duro en crecepelo, champú anticaída, ni vitaminas capilares pero hay fotos que lo muestran con flequillo Anasagasti, así que pese a vanagloriarse de seguridad emocional, un pellizquillo sí que tuvo que tener, que de lo contrario nadie tira de raya detrás de la oreja, que eso obviamente, no es el fluir natural en el peinar.

Que sí, que sí, que constatado pero ¡vayamos a lo importante! A ver esta vez, de parte de quién se pone la ciencia, porque el turismo por Turquía está que lo peta, mientras que nosotras en Los Boliches nos mantenemos aferradas al diurético y seguimos puliendo la técnica de la cavitación, que aun dicen que duele un poco -pero más duele el hambre, claro-. Ya verán, seguro que al final, habrá gordas y pocos calvos. Ellos, implantados, con cabellera conseguida y flequillo tupido, seguirán mirándonos condescendientes por lo descuidado que valoran ese michelín nuestro, esa lorza indiscreta. Estoy convencida de que al final, ellos se repondrán y triunfantes, pedirán cañas y mojitos de cara al viento mientras nosotras, seguiremos atascadas en el regateo por la túnica, la levita o el caftán, bordado o sin bordar. Ya verán, sin calvo alguno. Y a nosotras, a nosotras siempre nos quedará la dieta del yogur, la del melocotón. Ya verán. Es presagio, una intuición.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios