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En Europa, el juego de estas elecciones es crucial. La Unión Europea es el mejor invento político de la democracia occidental contemporánea, más allá de las debilidades evidentes que los líderes nacionales europeos exportan y de las dificultades y resistencias de la complicada arquitectura institucional de la Unión. La Unión debe centrarse en el futuro que nos compromete, cuyos riesgos son ciertos, y reforzarse de manera que la posición común de Europa sobre esos retos sea la que marque la agenda política de las próximas décadas. Esta visión se corresponde, por tanto, con un primer objetivo fundamental: de la endeble imagen y timorato fondo de Europa se sale con más Europa.

La Unión Europea es tributaria de la mejor tradición democrática de nuestra historia común y el mundo corriente actual espera y necesita una guía que señale el camino del progreso de la humanidad con un escrupuloso respeto al Estado de Derecho y con la referencia inequívoca de los derechos humanos, su protección y su extensión. También, como marco de economía de mercado libre con garantías suficientes para trabajadores y consumidores. La política mundial hoy tiene actores en la escena internacional que parecen postularse para ese papel protagonista y ninguno cumple el perfil que lo justifique. Del desigual rectángulo que conforma el primer nivel de autoridad mundial, cuyos otros concursantes son Estados Unidos, China y Rusia, solo nosotros aportamos las condiciones óptimas para un liderazgo democrático justo y equilibrado. La primera obligación (y el anhelo de muchos ciudadanos europeos y no europeos, también) es creérselo y dar los pasos precisos y firmes para liderar la política y la economía mundiales desde la Unión Europea.

Las elecciones ofrecen un riesgo y una oportunidad. El riesgo estriba en que nuestro sistema político permite que los detractores del mismo puedan presentarse y tener un resultado que nos complique la vida. Los populismos extremistas que postulan la desaparición de la UE, así a las claras o vaciando sus competencias y posibilidades -más frecuentemente-, se presentan a las elecciones y están movilizados; mucho más que los europeos que no quieren eso, pero que están desmotivados por unas instituciones decisivas pero lejanas, mal comunicadas, y gestionadas como si fueran ajenas e impuestas. Es un riesgo que corremos por el concurso de los discípulos de Bannon, cuyas lealtades no están ni con Europa, ni con la democracia, ni con el libre mercado. Y porque nosotros no vayamos. La oportunidad, y obligación, es cortarles el paso: no ceder ni un milímetro ante el extremismo. Querer decidir más y querer decidirlo nosotros es lo que nos jugamos en Europa. Y tendremos que explicar cómo, pero lo primero será evidenciar votando que aquí estamos nosotros, orgullosos europeos.

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