No se le pueden pedir peras al Olmo, mejor -si estás en Córdoba- pedirle gambas que ahí no hay fallo, pero si le pides que tire un penal, se va a ir por las nubes la bola, o no, porque los penaltis los falla el que los tira y el fútbol es así, unas veces se gana y otras se pierde, no se le puede reprochar a los chavales que fallen en el terreno de juego, que para llevarse las collejas ya está en seleccionador.

Esto del fútbol lo sigo bastante de refilón; los mundiales enteritos, la Eurocopa desde cuartos, la Copa del Rey, si eso, veo la final, el Betis y el Rayo me despiertan simpatía, así como los colchoneros en general, y los colchoneros que saben escribir en particular, detesto al Madrid y al Barsa y todos sus seguidores, salvo excepcionales excepciones, me parecen despreciables, aunque -más por misericordia que por educación- no lo diga.

Últimamente miro el deporte con otros ojos, es decir, le presto atención como fenómeno social y político, algo que no hacía desde los Disturbios de Niká; desde esa perspectiva lo del jerseycito de Luis Enrique no tiene un pase aunque hubiera ganado la Eurocopa, con toda la justicia poética que hubiera supuesto devolver a Italia lo de Tassotti.

Un seleccionador nacional, como todos ustedes saben, representa a la nación para que selecciona. Es un gran honor que conlleva una gran responsabilidad y un sacrificio, tanto en lo económico, cosa que este seleccionador ha asumido, cobra diez veces menos que en lo privado y se ha bajado un 25% el sueldo, como en lo personal, incluyendo la propia imagen, cosa que no.

La representación es lo que tiene: a mí me molan las camisas cantaoras, las crocs con calcetines, las bermudas sueltecitas o incluso las chilabas o blusones africanos que permiten en verano liberar la taleguilla, que es como aquello de sentir el frescor de los limones salvajes del caribe, pero en feo, flipo también con las camisetas, cuanto más rockeras, más frikis, o más de la Guerra de las Galaxias, mejor. Y si es con la chupa vaquera sin mangas y luego la de cuero más macarra o el plumas ochentero, va el tío más vacilón que cuando despuntaba entre Moratalaz y la Estrella por el Camino de los Vinateros, que es el mejor camino que se puede caminar en la vida.

Pero cuando salgo a la rue a currar representando a un cliente, me ciño al código de vestimenta por su lado más formal, relajando cuando aprieta la caló con americanas desestructuradas de tejidos naturales y cuando llega infernalia, guayaberas. En lo de los entrenadores sólo caben dos códigos: el de la ropa de faena como Don Luis Aragonés, con su chándal oficial, modelo primus inter pares, o el del traje y corbata de Don Vicente del Bosque, modelo míster, con su escudo de España en la pechera de la chaqueta, que mantenía siempre puesta para evitarnos el espectáculo del sobaco pantano ese que ustedes saben. Un respeto, oiga.

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