Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

El incivismo subvencionado

Dejar sin recato la basura en las calles en los días señalados tiene la cobertura del 'papá Ayuntamiento'

Lo que se recibe sin pagar o que está incluido en el precio -la convidada de otros o la pulsera en el crucero- nos convierte en otras personas por un tiempo, de manera que nos atiborramos, puede que como posesos, de manjares diversos que nunca antes de, por ejemplo, haber pernoctado en un cuatro estrellas español -de insuperable relación calidad/precio en el mundo turístico- hubiéramos comido. El desayuno es lo más simbólico de tal fenómeno, y nos atrevemos con donuts de colores, kiwis loncheados, tablas de queso, panes con pasas, atracón de zumo o huevos revueltos con panceta. Si nos obligaran un sábado en nuestra casa a meterle tal tralla al estómago tras levantarnos, pagaríamos para que nos la quitaran de delante. La novedad es la esencia del turismo, y en el fondo el turismo consiste en buena medida en comportarse de otra forma a la habitual: apreciar el arte, planificar las tres pitanzas diarias como si viniéramos desnutridos, calzarnos con unos zapatos deportivos pero sin aún domar, asombrarnos ante detalles nimios que nos parecen de pronto de gran singularidad. Es tierna la condición de turista. Y duro su ejercicio, hasta agotador. Sarna con gusto…

Hay una falsa gratuidad en ciertas formas de turismo. Son prácticas que tienen un coste -todo lo tiene, o casi-, aunque al ser costeadas por otro, no duelen, y por tanto mueven al abuso. No se preocupen los filoturistas, que nada malo ven en las invasiones de lugares: no vamos a hablar de la turistización y su relación coste/beneficio, es decir, el saldo entre lo que el turismo da y lo que quita. Hablamos de otro tipo de abuso, en los que el nativo no sólo participa, sino que se comporta como el principal irresponsable y consumidor de recursos. Hablamos de la porquería que tanto el foráneo como el empadronado -en algunos casos, éste en mayor medida-deja en los sitios de congregación masiva y temporal. Por ejemplo, en la Semana Santa que ahora vivimos, concitando a propios y extraños en eventos tradicionales y, a la postre, turísticos. Ahí paga el Ayuntamiento, que echa el resto y sin rechistar -un pastizal en horas extras- en limpiar de forma exprés la basura que deposita la gente, gozosa y sin recato, en las calles. Lo más significativo de este falso gratis del incivismo subvencionado es que los consistorios presuman de su eficacia en recoger basura de las calles y plazas. Que no de su eficiencia: ser eficaz es cumplir; ser eficiente es ser eficaz con un coste razonable. Malcriamos niños de toda edad.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios