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Un hombre rebelde

El tiempo ha convertido la obra y el compromiso sartriano en algo residual, mientras se reaviva la figura de Camus

En momentos de turbulencias políticas como las actuales, conviene recordar que existe un refugio temporal con garantizadas virtudes lenitivas: un buen libro. A ser posible que aporte una cierta distancia sobre lo inmediato y permita descubrir cómo en otras épocas se ha reaccionado ante situaciones similares a las presentes. Una buena elección podría ser Albert Camus, del que precisamente en estos días se cumple el sesenta aniversario de su muerte. El tiempo transcurrido no ha envejecido su obra y el ejemplo moral de su comportamiento cívico merece ser recordado. Fue uno de esos escritores que supo fundir vida y literatura con suma coherencia. El pulso dialéctico que mantuvo con Sartre fue una las más luminosas polémicas del siglo pasado y convirtió París, su prensa y sus librerías en referencia básica para todos aquellos que buscaban asumir lo que entonces se llamaba un compromiso político. Por aquellas décadas de los cincuenta y sesenta, Sartre parecía haber vencido en aquel duro y crucial enfrentamiento. Tal como él predicaba, por entonces, ser intelectual llevaba casi automáticamente aparejado el calificativo de revolucionario. Sin embargo, el tiempo ha convertido la obra y el compromiso sartriano en algo residual, mientras se reaviva la figura y la lectura de Camus. Al apagarse el idealismo revolucionario, la lucidez del hombre rebelde camusiano es una alternativa para no caer ni en la resignación escéptica ni en el relativismo moral. Sus libros, sobre todo los ensayísticos, son a la vez un canto al gusto por la vida, sin falsas consolaciones, y una llamada para no dejarse embaucar por las profecías nacionalistas. Combatió con su pluma, en la prensa clandestina, la ocupación alemana de Francia y aunque nacido en Argelia no sintió ningún entusiasmo por la independencia de ésta. Fue a este respecto un ciudadano del mundo y quizás por ello mismo sus obras han traspasado tantas fronteras y continúan todavía abriendo horizontes. Pero no es fácil asumir el grado y el tipo de rebeldía que su literatura reclama -y él en parte encarnó- porque no se trata solo de cultivar un hedonismo y una sensualidad, más menos lírica y paradisíaca. El hombre rebelde tiene que crearse su propio destino y mantener sus convicciones sin fraudes ni oportunismos, dentro de una exigente y responsable ética. Desaparecido el sueño del revolucionario, si no se quiere caer en una acomodaticio conformismo, es una buena apuesta recurrir al espíritu crítico y a la rebeldía siempre latentes en los libros de Albert Camus.

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