NUNCA hablo de política. La frase no es mía, de hecho, yo lo hago mucho más a menudo de lo que el asunto merece. Nunca hablan de política. Esa es la expresión que usan últimamente muchos de mis amigos para introducir, a modo de excepción, un discurso que por primera vez no pueden eludir.

Gritando esa frase empezaba mi amiga, la que jamás grita, a decirme que ahora pediría un megáfono para gritar lo enfadada que está con todos los gobiernos, con toda la oposición. Esa que lleva más décadas de las confesables a mi lado, dejó el sosegado tono que siempre le he conocido para contarme con toda indignación y dureza cómo lo ve y lo está sintiendo ella. Más que certera. O esa otra con la que tampoco he coincidido jamás en una manifestación, me confesaba ayer que ahora sería capaz de atarse a lo Thyssen, en el árbol que proceda, ante lo bochornoso e impresentable que le están resultando reacciones y gestiones de todos los colores.

Nunca hablo de política, me encuentro en redes de amigos, conocidos y desconocidos. Nunca hablo de política, es el inicio de párrafos, reflexiones y conversaciones de los que, por prudentes y comedidos, hasta ahora -y aún hoy- no soy capaz de ponerle ni sombra de un color político. A esos que no militan, que ni simpatizan, que no se sienten epidérmicamente de nada y de ninguno, a esos que cambian el voto, que escuchan, leen y sin prejuicios se esperanzan políticamente de manera alterna; a esos, los escucho y los leo ahora con análisis y críticas demoledoras a unos y otros, a otros y unos.

Nunca hablan de política, pero haciendo una excepción, se ven en la necesidad de compartir opinión porque, ante esto, no hay quien se resista. Y así, con ese prólogo que se repite en tantos, descubro la absoluta indignación de los sosegados, de esos templados y cautos que ahora esgrimen el tono más enérgico, por dolidos y decepcionados. Y es que es realmente difícil no desgañitarse ni reprobar, ante lo insultante de muchas medidas, discursos y confrontaciones de este momento.

Desde Madrid a Casariche, desde Lucena a Orense, sin reparar en colores. Por las lagunas y el desamparo, por la falta de liderazgo y de ejemplaridad de la clase política, por los vaivenes de unos y otros entre la mesura y la contundencia. Por eso, los gritos de quienes jamás han gritado coinciden en los mensajes. La desfachatez de tantos, a todos los niveles, ha colmado la paciencia y la prudencia de los que nunca hablaban. A esos, escuchémoslos ahora y aprendamos.

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