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La colmena

Magdalena Trillo

mtrillo@grupojoly.com

¿De qué habla la otra España?

El Satisfyer, el juguetito rosa más vendido esta Navidad, se ha convertido en un icono de normalización sexual

La primera vez que me hablaron del aparatito rosa que ha arrasado estas Navidades tuve que buscarlo en internet aún a riesgo de ser pillada navegando en webs de alto voltaje. Nada más lejos de la realidad. En cualquier portal de la mal llamada prensa seria se han publicado amplios reportajes descubriéndonos el Satisfyer y diciéndonos "todo lo que tenemos que saber" sobre el succionador de clítoris más vendido de la historia.

Cuesta unos 40 euros, mide 16,5 centímetros y parece un cepillo de limpieza facial. Te lo llevan a casa con un envoltorio extremadamente discreto, es ultrasilencioso y funciona con una batería recargable por USB en lugar de las contaminantes pilas. Ya lo han bautizado como el juguete sexual que marcará 2019 -algo así como la Greta del mundo erótico- elevándolo a categoría de símbolo de la revolución millennial y feminista.

"Satisfyer Pro 2, the next sexual revolution". Aunque confieso que me sigue sorprendiendo la efusividad de los comentarios que explicitan cómo funciona, lo que más me llama la atención no tiene que ver con la sexualidad sino con la comunicación y hasta la convivencia.

Dejo en un segundo plano el obligado debate sobre la agenda de los medios, hasta qué punto nos tenemos que reinventar (o no) para conectar con nuestros lectores, para empezar el año en tono amable y constructivo: su primer gran éxito es el nombre -deberíamos instaurar los Globos del Marketing para reconocer los verdaderos impulsos que mueven nuestra sociedad-; el segundo logro es que se hable tanto o más del Satisfyer que del Gobierno y la crisis catalana -lío jurídico con Junqueras incluido- y, el tercero y casi más importante, que también haya una versión masculina del vibrador que ha pasado desapercibida.

Que personajes como Harvey Weinstein vayan de tribunal en tribunal respondiendo por sus agresiones sexuales -la Fiscalía de Los Ángeles acaba de abrir un nuevo proceso contra el productor- es un hito colectivo que evidencia la fortaleza de las instituciones y la madurez con que estamos avanzando en igualdad. Que series como Madres trabajadoras y Vida perfecta rompan tabúes desde la pequeña pantalla tal vez hagan más por la tolerancia que años de formación en según qué escuela. Que podamos echarnos unas risas en Navidad hablando del Satisfyer es mucho más sano que tirarnos los trastos temiendo cuándo y por dónde se romperá España...

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