La sentencia de "La Manada" fue un torpedo que impactó en el centro de la línea de flotación de la confianza social en la justicia pública. Confianza social, importantísimo capital para que las cosas funcionen, para estar tranquilos, para sentirse protegidos; justicia pública, nuclear en nuestra comunidad de personas, superación del estado salvaje, elemental en una democracia para que la gente no practique con sus propias manos otro tipo de justicia, que posiblemente no lo fuera tanto. El auto que los pone en la calle a la espera de la resolución de recurso es una guarrada.

La decisión de poner en libertad provisional a los culpables condenados por abuso sexual reabre la herida sangrante de que, efectivamente, su conducta, machista, asquerosa, abusadora, vomitiva, criminal, no fuera considerada la que debió declararse tras el relato de los hechos probados: violación. Es una herida especialmente dolorosa porque ni siquiera este punto de rebaja incomprensible del reproche penal fue unánime. El voto particular discrepó de la opinión mayoritaria, dos a uno, promoviendo la libre absolución. La víctima, al fin, doblemente víctima. Ahora, me la puedo imaginar, tercera vez, sin querer saber nada, sin querer ver nada, sufriendo en primerísima persona cómo los delincuentes que la agredieron sexualmente y fueron condenados a nueve años de prisión están en libertad.

Es una libertad vigilada, nos dirán. Cuentan con medidas de prevención, están sujetos a un control estricto de comparecencias en el Juzgado más cercano, no tienen pasaporte, no pueden salir del país sin autorización expresa, ni pueden entrar en la Comunidad de Madrid y han cubierto una fianza de seis mil euros cada uno. ¡Qué consuelo! ¡El Estado que funciona en su versión justicia! No hay nada que temer... ¡qué vergüenza!

La decisión tiene uno de sus sorprendentes fundamentos en la más absoluta iniquidad. Como la condena final fue sensiblemente inferior a la solicitada, encaja la libertad provisional hasta la resolución de los recursos. Así, sin anestesia. El primer efecto de la sentencia de "La Manada" fue justo ése: imponer una pena más baja de la pedida porque se les condenó por un delito que nadie pidió, porque lo que se reclamaba era violación con todas sus letras. Y nos tranquilizaron, dándonos lecciones de un derecho incomprensible a un pueblo soberano, pero torpe e ignorante, por supuesto. Nos repitieron, pacientes y pedagógicos, que el derecho tiene sus vericuetos y que qué se le va a hacer, pero que nueve años son nueve años, con todos sus días. Cinismo. No tengo más huevos que esperar una respuesta acorde con el sentido común y con el sentido jurídico, que cuando no es común suele no ser justo. Y mi inquietud es enorme. Los agredidos somos todos y esta vez no han sido ellos, que por ahora ni pagan condena: habéis sido vosotros, que no servís.

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