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Un gobierno incinerado

La máquina de la Justicia ha empezado a carburar y el despertar del confinamiento va a ser brutal

Comienza el luto oficial en España y no puede saberse si es por las víctimas del coronavirus o por las exequias adelantadas de este Gobierno negligente, trilero y trapisondista. Tras pasarse lo más duro de la crisis sanitaria, con casi mil muertos al día en su pico, vestido, el presidente, como el novio de una boda campesina, aparece ahora, cuando la gente por fin respira viendo el final del ciclo y con ganas locas de poder echarse unas risas, con corbata negra y acusando a todo el mundo, él, de insensibilidad con los muertos, los mismos que oculta y borra de las estadísticas. Nunca ha sido tan fácil y al mismo tiempo tan complicado escribir una columna: los escándalos llenan los periódicos y se renuevan cada día, no siendo el menor, precisamente, esa propagandística, obscena y exigida portada colectiva de toda la prensa el pasado lunes, pagada con el dinero público que se regatea a los damnificados, con el cínico lema, típicamente sanchesco, de "Salimos más fuertes" ante el que uno no sabe ya si reír o seguir llorando la desgracia de que todos los males lleguen juntos.

Pero al día siguiente saltaba el mayúsculo affaire Pérez de los Cobos con sus derivas policiales y judiciales, un caso evidente de corrupción y prevaricación que sólo podría saldarse, en un país normal, con la dimisión del ministro del Interior. Un asunto que es necesario relacionar, porque forma parte de la misma constelación de hechos que sólo se explican por el miedo del Gobierno a las responsabilidades de su negligencia manifiesta, con el escándalo estrella de la semana anterior, el pacto con Bildu -es decir, con ETA- para amarrar como fuera el estado de alarma que necesita prorrogar hasta el verano para amordazar a la oposición en el Congreso y controlar la calle con los poderes especiales que lo mismo le permiten cortar el tránsito peatonal por Ferraz que disponer un desmedido dispositivo policial alrededor del casoplón de Galapagar. Sin embargo, mucho me temo que el verano no va a tener los efectos balsámicos y amnésicos acostumbrados. La máquina de la Justicia, siempre dubitativa al principio, ha empezado a carburar y el despertar del confinamiento va a ser brutal. Las caceroladas, extendidas ya a todo el país, y las manifestaciones motorizadas de Vox del pasado sábado son una pequeña muestra de lo que será España cuando la gente pierda el miedo, que se sigue inoculando cuidadosamente, a echarse a la calle. Convendría a todos, empezando por el PSOE, ir pensando en el repuesto.

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