Personalidades y conductas dispares. Cada uno, con nuestro carácter, tenemos una manera de comportarnos, de hacer, de actuar. Los hay más nerviosos, más pacientes, sosegados o resignados. Sin embargo, este virus, entre otras muchas cosas y más allá del talante de cada cual, ha desterrado las prisas e impuesto la meticulosidad universal. Pocas trampas permite la enfermedad y el altísimo riesgo de contagio. Cautela y rigurosidad para todos, pese a lo incautos e imprudentes que podamos ser, que podíamos ser, que podremos volver a ser. El vísteme despacio que tengo prisa, ese dicho popular tan nuestro que evidencia que cuando intentamos resolver un asunto con prisa y sin pararnos en los detalles, no ganamos tiempo, sino que lo perdemos, alcanza en estos tiempos sus cotas más altas de sentido. Y es que las prisas no son buenas consejeras, y la mejor manera de apresurarnos es haciendo las cosas con el cuidado necesario, para avanzar con seguridad. La inconveniencia de apresurarse nos la ponía en bandeja el proverbio y ahora, nos la evidencia esta experiencia. En todos sus tiempos y en todas sus fases, en todos nosotros y en todos los barrios. O así, debería ser.

Ahora que la paciencia y los nuevos ritmos se imponen, que hasta las mamás y papás más impacientes y estresados ejercemos de seños y profes, comprobamos que acelerar no siempre es posible, ni procede, ni es lo acertado. Ni siquiera lo mejor. Constatado que no podemos desatender, o que para atender a otros y a nosotros mismos, no podemos escatimar ni en tiempo ni en entrega. Fuera de casa, en nuestro centro de trabajo y en especial para aquellos que nos movemos en la incierta aventura de abrir las puertas a clientes, pacientes, alumnos o usuarios de nuestro hacer, las nuevas técnicas de limpieza y desinfección escrupulosa nos llevan a emplearnos a fondo. Tampoco caben prisas ahí y lo de optimizar los tiempos ha dejado de servir. Ahora, toda la pulcritud y el cuidado para ofrecer seguridad y confianza, requiere tiempo.

Las medidas de precaución que exige este virus necesitan tiempo y dedicación, conceptos poco trabajados. Ahora y en esto, no basta quedarnos en la superficie, imprescindible aplicarse y poner atención, hacerlo bien. Es cierto que no se puede mantener la tensión eternamente, que la relajación aparece, que emocionalmente necesitamos algún respiro, algún paréntesis, que movernos en lo aséptico e impoluto no siempre es posible, pero cuando la fullería nos tiente, reflexionemos. Alejémonos de lo rapidillo, de lo chapucero y de lo precipitado. Lo fullero, ahora más que nunca, es demasiado riesgo.

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