Europa terminó ayer su voto. Cuando escribo esto no sé cuál es el reparto. Ayer tenía sospechas que, me temo, serán hoy certezas. Con independencia de los resultados concretos, si ganaba el centro derecho democrático o el centro izquierda democrático, o mejor, si sorprendía el interesante pero cuantitativamente escaso movimiento lib-dem europeo, era muy posible que nos levantásemos hoy con una pujante exhibición de fuerza parlamentaria de la extrema derecha nacionalista y populista. Los riesgos de que toquen poder real directo a escala continental no son realistas, pero el peso que hayan conseguido condiciona bastante el futuro de Europa y es importante no errar en la respuesta.

Para un federalista europeo convencido como yo, que asumo encontrarme en una posición minoritaria dentro de la Unión, porque cuando avanza políticamente hacia una mayor unidad lo hace con pasos muy cortos y titubeantes, el deseo de una Unión Europea al modo de unos Estados Unidos de Europa sería la solución a muchos de los problemitas internos de los países que la componen, pero es hoy un objetivo que se me antoja improbable. La fortaleza, espero que circunstancial, exhibida por el club de los Salvini, Le Pen y secuaces, es consecuencia de las renuncias de los ideales en favor de una Unión que no moleste. La Unión que no molesta es la Unión que renuncia a serlo de verdad para no alentar al monstruo nacionalista y populista y ése es justo el error de cálculo: edulcorar el mensaje de unidad para hacerlo menos agresivo, más permeable, con sus adversarios es darles alas. Los antieuropeos no se oponen a una mayor unidad política de Europa, se oponen a cualquier atisbo de unidad política de Europa. Rebajar las pretensiones para no soliviantarlos es fortalecerlos.

El riesgo de que alcancen poder real a nivel continental no es una amenaza completamente cierta. No lo es porque la responsabilidad política de las tres grandes corrientes europeas -conservadores, socialdemócratas, liberales- impedirá que materialicen sus conquistas mediante acuerdos grandes (al menos, allí) y salven los muebles de una Europa timorata. Pero condiciona mucho. Lo hace porque los apoyos a nivel global multiplican su relevancia local y en esos espacios sí tienen opciones, algunas ya confirmadas, y (especialmente) porque contaminan al resto. La lectura mala de unos resultados pobres -perder fuelle por la irrupción del nacionalismo extremista - siempre estuvo ahí, ahora solo está organizado - tensiona los propios argumentos europeístas. Si la oferta europeísta modula sus postulados para seguir siéndolo, pero parecerlo menos, ganan ellos, tengan lo que tengan.

Europa lleva años en una frontera: ser esto o ser más. Si es esto, aspira solo a ser vista como triste carga burocrática; ser más es ser baluarte de progreso democrático, económico y social. Cruzar la frontera es obligado.

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